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15/05/2019

Partió Daniel Vidart

Daniel Vidart en acto académico del CCIU (21-07-2011, Museo Nacional de Artes Visuales)





La mejor forma de recordar a Daniel Vidart es, sin dudas, a través de su legado: sus palabras, sus principios, sus convicciones. En ese sentido, compartimos una de sus ponencias para el Comité Central Israelita del Uruguay, que él mismo tituló “Terrorismo, el mal del siglo”, expuesta en un acto académico que realizara el CCIU, a 17 años del atentado contra la AMIA. Bendita sea su memoria, querido Daniel Vidart.

Por Daniel Vidart

Terrorismo, el Mal del Siglo

Cuando Chateaubriand se refirió al “Mal del Siglo” apuntaba a la crisis de valores culturales y sociales desencadenada en la Europa decimonónica. Su mirada era la de un escritor romántico, no la de un jurista o un filósofo. Yo me atrevo a llamar Mal del Siglo al auge del terrorismo que, desde hace media centuria azota como una plaga bíblica al mundo globalizado en que nos ha tocado vivir. Miembros de diversas confesiones religiosas e ideologías políticas, incluyendo los Estados, han recurrido a esta modalidad mortífera e intimidante, pero no dispongo del tiempo suficiente como para especificar sus motivaciones y metodologías.

Lo poco que podré expresar acerca de las acciones terroristas vincula, en un sistema interactivo, la conducta criminal, la violencia indiscriminada, las manifestaciones extremas del fanatismo religioso, el espíritu revanchista de los representantes de una civilización abortada y, finalmente, las secuelas sociales de una psicosis que asciende desde los umbrales del miedo a las más altas manifestaciones del terror pánico. Dichos rasgos puntuales corresponden al tipo de terrorismo que actualmente practican los grupos del islamismo yihadista a escala internacional. En tal sentido deseo recordar un drástico dicho de Ann Coulter sobre esta enfermedad de la cultura: “Puede que no todos los musulmanes sean terroristas, pero todos los terroristas son musulmanes”. No todos, por cierto, pero la inmensa mayoría de los atentados han sido obra suya, como lo demuestran las estadísticas.

El tema debe ser abordado al margen de los juicios de valor, es decir, recurriendo a la sobria elocuencia de los juicios de realidad. Estos se atienen a la descripción desnuda de los hechos, analizan las concepciones del mundo expresadas en los dichos y conductas de sus autores, se remiten a las características cualitativas y cuantitativas de los atentados y al número de víctimas provocadas por ellos.

Veamos uno por uno los rasgos enunciados, consustanciales al terrorismo y a su perverso sistema.

1º Qué es el terrorismo. No existe un concepto genérico de esta conducta delictiva. Puede decirse que es terrorista toda acción determinada por motivos políticos, sociales o religiosos en la que el uso de la violencia directa o indirecta golpea despiadadamente a bienes o a personas con fines propagandísticos, desestabilizadores o represores según sean llevados a cabo por miembros de grupos políticos y religiosos o por el Estado. Uno de los objetivos del terrorismo, quizá el principal, es atemorizar a los gobiernos y a la población civil mediante el asesinato singular o la matanza indiscriminada de personas. Se ha comprobado que en los atentados de esta índole ocurridos en el último decenio más del 80 % de sus ejecutores eran musulmanes.

2º La conducta de quien o quienes hacen volar un tren o colocan una bomba en una embajada extranjera o se inmolan en un mercado, matando decenas de seres inocentes, confirma lo que en su origen lingüístico expresa el término crimen. La vieja fuente indoeuropea de la voz se refiere a la separación, tal cual lo señalan también las voces griegas y latinas. Separar, en este caso, supone la instalación de la muerte en el reinado de la vida: remite al corte, al tajo que provoca el deceso de un cuerpo y la aniquilación de una conciencia humana. El soldado de Alá, el “mártir” que estalla junto con la carga mortífera que despedaza a quienes lo rodean es el encargado de practicar ese corte, de segar la existencia del Otro, del Infiel, del Enemigo.

El terrorismo también se ejerce entre los propios musulmanes. En tal sentido se debe tener en cuenta la perpetua guerra desatada hace más un milenio entre los sunitas y chiitas. Los miembros de estas facciones se matan entre sí con furia y sin arrepentimiento. Ala, que es caritativo, los ampara por igual, tengan o no razón. Empero, nada cuesta suponer que la matanza entre hermanos de dogma, entre correligionarios, se practica cuando la razón duerme. Y los sueños de la razón, como escribió Goya, engendran monstruos.

Al llevar a cabo esa faena sanguinaria contra el Infiel y el Cruzado, el terrorista será merecedor del Paraíso y su familia recibirá recompensas en esta tierra y en el Mas Allá. Un ejemplo, entre tantos: en el mes de marzo del año pasado dos musulmanes suicidas mataron 50 personas e hirieron a 100 más en el metro de Moscú. En un video el líder Umarov, quien se hace llamar “Emir del Emirato del Cáucaso”, dijo que los dos atentados suicidas habían sido planeados para “acabar con los infieles”, humillar a Putin y honrar a Allahu Akbar, el dios grande y misericordioso.

3º La violencia indiscriminada tiene el sello de una conducta genocida, en el entendido que violencia viene del latín vis, fuerza bruta que viola la integridad física de las personas. Vaya otro ejemplo: el 31 de octubre de año pasado fue atacada la iglesia de los católicos caldeos de Bagdad. Los terroristas pertenecían al grupo Estado Islámico de Irak. He aquí el saldo de esta violencia criminal: 58 muertos, entre los cuales figuraban dos sacerdotes, y 75 heridos. También los cristianos coptos de Egipto están padeciendo hoy en día continuas matanzas, incendios de iglesias y persecuciones sistemáticas. Los “políticamente correctos” que integran la secta estaliniana sobreviviente no comentan ni se alarman ante estas fechorías. Pero si un palestino muere en una refriega con israelíes ponen el grito en el cielo.

4º En Roma se les decían fanáticos a los que casi todo el día permanecían encerrados en el fanus, el templo, honrando a los dioses. El fanático musulmán también concurre a la mezquita, sí, pero el fanatismo comienza a levantar vuelo en las madrazas donde los niños, que solamente estudian el Corán de memoria y lo recitan devotamente, sufren lavados de cerebro, y a tal punto, que muestran en fotografías que darán la vuelta al mundo sus cinturones llenos de bombas. Serán futuros mártires, e integrarán como infantiles reclutas la thanatocracia, cuya definición fue claramente expresada por Ben Laden en una frase tristemente famosa: “Esta es la diferencia entre los Estados Unidos y nosotros…Ellos aman la vida. Nosotros amamos la muerte…”

El fanático se caracteriza por los siguientes rasgos: su religión es la única verdadera, la humanidad se divide en los malos de los dogmas ajenos y los buenos del suyo, desprecia al diferente, es insensible a la tolerancia y su autoritarismo dogmático lo lleva a declarar que solo su credo es el verdadero y que quienes no lo acatan son miserables idólatras.

5º Un grave trauma cultural afecta al Islam contemporáneo. En efecto, lo ensucian y envilecen los regímenes autocráticos, denunciados hoy por los jóvenes que desde Marruecos a Siria, pasando por Argelia, Túnez, Libia, Egipto y Yemen se han alzado contra los mandatarios corruptos y despóticos que han sofocado los tímidos reclamos de democracia y pesan sobre las espaldas de un pueblo arcaizante, carcomido por la ignorancia y la pobreza. A la frustración histórica que humilla a las cúpulas dirigentes se suman una serie de lástimas y desconsuelos populares. Figuran entre ellos el sometimiento, cuando no la mutilación o lapidación de la mujer, los atroces métodos de castigo a los homosexuales y a los ladrones, la imposibilidad de la libre crítica y el libre pensamiento, la oscuridad intelectual y artística, el misoneísmo de las costumbres, las diferencias sociales y económicas existentes entre los magnates petroleros y los fellahim atados a la gleba, como en los tiempos medievales. De ahí que en el pretendido retorno al pasado poderío militar y a la ilustración elitista de Córdoba y Bagdad se procure implantar el islamismo en Europa, donde ya residen 52 millones de musulmanes, con miras a su reconquista religiosa y política, primer paso para el establecimiento del Califato Mundial. Loa vientres prolíficos serán un arma de conquista. Gadaffi lo dijo muy claramente: “Ustedes tienen la bomba atómica. Nosotros tenemos la bomba demográfica”.

6º Resta el tema del miedo. Este sentimiento surge ante una amenaza o un peligro real. Pero hay gradaciones. El miedo al ridículo es distinto al miedo a la oscuridad o el miedo a la muerte. Y, precisamente, la muerte de miles de personas a raíz de un macro atentado terrorista -me remito a la demolición de las dos torres gemelas en New York- atemorizó a los ciudadanos newyorkinos en particular y los estadounidenses en general. El miedo, el metus latino, es el escalón más bajo de una ascendente sucesión de estados de conciencia: el terror que hace temblar y suscita el horror en su forma extrema, el pánico, derivado de los ruidos perturbadores del Dios Pan, el pavor, que viene del indoeuropeo peu, golpear y configura la simiente etimológica del espanto. Todas estas desquiciantes emociones hierven en el caldo del terrorismo y corroboran los propósitos de quienes lo practican. Los medios de información se encargarán de difundir las noticias de los atentados, el número de víctimas y los anuncios de los grupos que asumen la autoría de la catástrofe colectiva. Las voces y los ecos del miedo se alternarán en la retroalimentación de esta maléfica escalada.

Quienes estamos aquí reunidos, a pocos días después de un nuevo aniversario del atentado realizado el 18 de julio del año 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, que provocó 86 muertos y 300 heridos, debemos reflexionar acerca del sentido y sinsentido de aquel acto terrorista, todavía impune, que no solamente golpeó en las personas y bienes de la comunidad judía más grande de América latina y quinta en el mundo, sino que también tronchó la vida de gentes no vinculadas a aquella. Todos los muertos, en definitiva, eran seres humanos pertenecientes a nuestro género y especie, y ninguno de ellos había ofendido el honor o el orgullo del Islam.

En esta hora de meditación, recogimiento y recuerdo apelamos a nuestra buena fe y limpia conciencia democrática para afirmar y confirmar que reconocemos en el semejante o en el Otro, en el compatriota o en el extranjero, en el que profesa nuestras ideas o en el que las contradice, una criatura digna de solidario respeto y tolerante comprensión. Esta actitud respetuosa, propia de las mejores tradiciones de la civilización de Occidente, no se compagina con el ideario y el dogma de los terroristas que volaron la AMIA: era preciso destruir el edificio y los miembros de una comunidad odiada sin importar el saldo de víctimas, o quizá, paradójicamente, procurando que su alto número y ensangrentada presencia obraran a modo de ejemplo intimidante, por un lado, y de mérito religioso y político por el otro. La destrucción, el asesinato en masa, la ola de espanto suscitada por esa acción perversa iban a cuenta del castigo al Cruzado, al infiel, al representante del abusivo Occidente. Pero, si ahondamos el análisis, en el anverso del terrorismo se deletrea el testimonio histórico de la impotencia cultural y el derrumbe político del mundo islámico a partir de la caída del califato de los abassies ante la invasión de los turcos otomanos y el de los omeyas por la Reconquista de los españoles.

Como antes dije los juicios de realidad, por si solos, imponen la condena moral e intelectual del terrorismo, exaltado por el francés Robespierre durante el guillotinamiento masivo que durante dos terribles meses los jacobinos infligieron a los enemigos de la Revolución Francesa. Estas fueron sus palabras al legitimar aquella práctica sanguinaria: “La fuerza de un gobierno en tiempos de Revolución es a la vez la virtud y el terror. La virtud sin el terror es algo funesto. El terror es la emanación de la virtud”. En otro idioma y en otro momento estas últimas palabras servirían para caracterizar la acción devastadora de los distintos grupos islamistas que practican el terrorismo a escala internacional.

La violencia ciega de todos los terrorismos, el de los gobernantes y el de los gobernados, el del puñal del sicario o el de la bomba anarquista, el de la Inquisición española o el del implacable y casi diario misil del Hamas, el del bombardeo de Gernika o el del avión del vuelo 103 de Pan Am dinamitado el 21 de diciembre de l988 por terroristas islámicos de Libia, provoca angustia, espanto, repudio y desprecio.

Quiero transcribir, corroborando lo dicho hasta ahora, unos conceptos, llamémoslos así, emitidos el 19 de julio del pasado año en la TV al-Rhama de El Cairo. Los expresó el dignatario religioso Muhamad al- Arafi: “devoción al Yihad por causa de Alá, y el deseo de derramar sangre, para aplastar cráneos y para cortar las extremidades por la causa de Alá y en defensa de Su religión es, sin duda, un honor para el creyente….Los versos del Corán que tratan de la lucha contra los infieles y la conquista de sus países dicen que deben convertirse al Islam, pagar el impuesto de capitación (jizya) o morir. Si los musulmanes hubiéramos puesto en práctica esto, no habría llegado la humillación en las que hoy nos encontramos”. Los humillados buscan la revancha. El Islam de la espada construye el puente que va de la orilla de un anochecer histórico a la del terrorismo supuestamente redentor.

El terrorismo no es cosa nueva en el seno del orbe musulmán. Fue una acción terrorista la matanza indiscriminada del kafir, el infiel, junto con su familia, como lo hiciera Muhammad con los dos mil judíos de Medinat al- Rasul - o sea Medina, la ciudad del Mensajero de Alá- que en un principio lo ayudaron cuando venía, en alas de la hégira (hijra) , huyendo desde La Meca.

Es terrorismo el degüello de los prisioneros occidentales, no combatientes sino civiles, que la televisión al- Jazeera mostró al mundo, para intimidar y castigar al cristiano de Occidente que, en diferentes edades, descabezó moros con las mesnadas del Cid, durante la Reconquista de al-Andalus, la perdida y añorada España, y bombardeó a lo loco, provocando los eufemísticamente llamados “daños colaterales”, a las poblaciones civiles de Irak y Afganistán.

Es terrorismo el envenenamiento con gases venenosos realizado por Irak contra los kurdos, también musulmanes, cuando atacaba ferozmente a estos hombres, mujeres y niños sin patria, hoy asesinados diariamente por los aviones turcos y atropellados por los soldados iraníes. Es terrorismo, ya que cité a Irán, amenazar por parte de sus gobernantes al pueblo de Israel, sentenciándolo a ser ahogado en las aguas del Mediterráneo, y forma parte del terrorismo intimidatorio aquella escena que dio vuelta al mundo en la que la TV mostraba como un Guardia de la Revolución ahorcaba en plena calle a una muchacha que se había atrevido a manifestar, junto con unos pocos valientes, contra el despotismo religioso y político de los ayatolás y compañía.

Es terrorismo la condena a muerte de Salman Rushdie por haber escrito un libro sobre Los versos satánicos, y la terrible matanza de los no musulmanes en Darfur, el Sudán meridional recientemente independizado, y fue terrorismo de fanáticos de la más cruda especie el que realizó atentados en el metro y el teatro Duvrovka de Moscú y la escuela rusa de Beslán, en la Estación madrileña de Atocha, en las calles londinenses, en la Torres Gemelas de New York.

Antes de la construcción del tan vilipendiado muro entre Israel y Jordania los atentados terroristas habían provocado miles de muertos en los mercados, en los bares, en los cines, en las plazas, en los transportes públicos del Estado judío. Y tan poca confianza se tienen los musulmanes entre sí que Arabia Saudita ha construido un muro de centenares de kilómetros para que los terroristas del Yemen, que representan, según declaran, la pureza moral reclamada por el Corán, no hagan volar palacios, automóviles de lujo y demás riquezas materiales junto con sus regaladas y hedónicas vidas de potentados petroleros.

Hay estadísticas. Es significativo el salto que se opera entre los años 1968 y 2005. En la primera fecha, de los 11 grupos terroristas detectados en el mundo ninguno tenía orientación religiosa. En el 2005 existían 82 organizaciones terroristas, de las cuales 45 eran grupos islámicos. Un dato a retener: entre 1982 y 1989 el 9% de los atentados en el mundo fueron cometidos por fanáticos musulmanes, pero sus efectos letales llegaron al 41% de los muertos.

No todos el Islam es terrorista. Eso está claro. Pero cuando cayeron las Torres Gemelas inmensas multitudes radicadas en los países europeos, África, Cercano y Medio Oriente, salieron a las calles en jubilosas manifestaciones. Un sector, que yo llamo el “Islam tradicional” procura que la Sharia rija la vida política y cultural de los Estados musulmanes. Otro sector es el salafista. Pretende regresar al primitivo Islam de Muhammad, y no retrocede ante el recurso terrorista para que los mandatarios corruptos, adueñados del poder político y económico, sean extirpados y vuelva a reinar la religión pura y dura de los inicios. El tercer sector es el de los fanáticos, y son muchas las organizaciones que lo integran. No cabe aquí enumerar esos grupos, entre los que se distingue Al Qaeda- La Base, en árabe- dado que el ingeniero Osama Ben Laden estaba a cargo de la Base de Datos organizada por la CIA cuando la invasión soviética. El nombre Al-Qaeda se trasladó, al cambiar el centro de gravedad, desde la resistencia a un invasor a una invasión oscura e insidiosa, solo visible en el momento del estallido de la bomba asesina.

Los terroristas de todas las organizaciones islamistas recurren al Yihad, o esfuerzo, de la espada, -al-yihad al-asghar- que, paradojalmente, significa “el pequeño”, para expandir la Sharia, esto es, la Ley Islámica, por todo el orbe.

Dejemos aquí este incompleto balance de terrorismo, el de la violencia que mata e intimida, el que tiene por lazarillo al ángel de la muerte. George Chaya ha sintetizado de la siguiente forma sus objetivos:

“1) la unidad de pensamiento dentro del Islam rechazando toda forma de pluralismo y arrogándose el monopolio de la verdad de acuerdo son la interpretación maximalista que hacen de la religión;

2) la lucha por el poder en el conjunto del mundo árabe y musulmán hasta la instauración definitiva de un orden totalitario y teocrático;

3) la defensa de la violencia contra personas, gobiernos, Estados y sus intereses y recursos como método necesario y obligatorio para la revolución y el cambio político y social;

4) el desarrollo de una imagen del Islam como religión injustamente mancillada y sitiada por Estados Unidos, Israel y sus aliados”.

Mucho más habría que decir acerca de este tipo de terrorismo, de esta cruenta thanatocracia que, de seguir así, estará recurriendo a técnicas cada vez más sofisticadas para cumplir con sus objetivos. No hay que descartar, desdichadamente, el empleo de la energía atómica. Pero la historia no puede preverse. En las nieblas del mañana se esconden las respuestas a nuestras doloridas preguntas. Ojalá que en un futuro cercano se imponga el reino de la razón, hoy de vacaciones; que se universalice el respeto a los derechos humanos y a las obligaciones concomitantes; que la justicia, aliada con la libertad, tienda lazos amistosos entre los pueblos. Y que, sobre todas las cosas brille, despejando las sombras de la noche del mundo, el sol tranquilo de la paz.

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