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07/08/2017

El Nacional, Venezuela- por Nelson Rivera

Marianne Kohn Beker: La dignidad





Hay en el mundo personas que saben algo. No basta con decir que son pocas: son excepcionales. Eso que saben es un modo de hacer silencio. De observar con generosidad a las personas que tienen a su alrededor. De no aventurar palabras en vano. Personas que huyen de las generalizaciones. Que practican a diario ese milagro de la condición humana que es la particularización, ajenos a las frases hechas. Personas inclinadas a la comprensión sensible de cuanto les rodea. Personas para las que el mundo lo es de personas. Seres tocados por la dignidad como Marianne Kohn Beker.

La conocí en noviembre de 1995. Solo después de cuatro llamadas telefónicas aceptó conversar para este Papel Literario. Dos días después, Vasco Szinetar y yo fuimos a entrevistarla. Unas semanas antes había aparecido en español la biografía de Hannah Arendt que escribió Elizabeth Young-Bruehl. Luego de los trámites del recibimiento, finalmente se sentó frente a nosotros. Entonces vi esa luz que irradiaba, que podía suspenderlo todo a su alrededor. La suavidad de su sonrisa parecía decir: muchas cosas en el mundo podrían haber quedado atrás.

Salvo un par de llamadas posteriores a la publicación de la entrevista, no volvimos a encontrarnos hasta el 2004. A comienzos de ese año comencé a leer y a publicar sucesivos comentarios de libros sobre el Holocausto. En octubre o noviembre, Paulina Gamus me invitó a una sesión del grupo que preparaba la conmemoración de los 60 años de la liberación de Auschwitz. Había allí el ambiente que impera en las reuniones de producción: varias ideas disputándose la atención, saltos de un tema a otro, energías que no guardaban un orden de palabra. Entonces Marianne pidió a los asistentes una pausa. Me miró con detenimiento y dijo: “A mí me gustaría que nos contarás por qué, no siendo judío, tienes tanto interés en el Holocausto”.

Un signo suyo: penetrar en los hechos. Mi sentimiento: vivía en estado de silencio activo. Observaba para ir más allá de lo obvio. La guiaba una conciencia que sobrepasaba la cuestión del sentido histórico. La ocupaban las modalidades del lenguaje; las nuevas vertientes del racismo, las reediciones del nacionalismo, el auge de los neofascismos, la multiplicación de los formatos y campos en que está ocurriendo la negación –el desconocimiento, la denegación– de la condición humana.

A partir de aquella reunión se forjó entre nosotros una amistad de activistas. No fuimos amigos en el plano familiar. Me invitaba a reuniones para considerar proyectos. Me enviaba correos electrónicos que siempre ofrecían algo: a lo largo de los años debo haber leído decenas de artículos y ensayos que me recomendaba. Fue Marianne quien me habló de Levinas por primera vez: cuando lo hizo, no solo me advirtió de las dificultades con las que me toparía, sino que me señaló guías de cómo seguir adelante. Nunca me dijo ni una palabra, pero siempre he guardado la sensación de que, junto a Paulina Gamus, fue gestora de los días estremecedores e intensos que pasé en Yad Vashem, Jerusalén.

¿Qué había en esa mujer inusualmente hermosa, inusualmente inteligente, inusualmente justa? Dones. Dones que se articulaban sin ruido, discretos. El ejercicio de esos dones le permitió soportar el peso de la Shoá, la cesura que llevaba en su alma y desde la que estructuró su sosegado pensamiento. El activismo que desplegó durante tanto tiempo – ampliamente descrito en el concurrido homenaje disponible en la web de Nuevo Mundo Israelita– fue su respuesta de persona digna, profundamente digna, a eso que ella sabía y que no la abandonaba: que nada es fácil, que nada está resuelto, que estamos lejos de vivir salvados.

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