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17/05/2017

ABC, España, Por María Jesús Guzmán

Más de 280 defensores de los Derechos Humanos fueron asesinados en 2016





A Abdul Basit Abu Dahab, un reconocido defensor de los Derechos Humanos libio, lo mataron el 16 de marzo de 2016 con un coche bomba en la ciudad de Derna. Un final tan trágico como previsible: dos años antes, el 12 de septiembre de 2014, ya habían intentado acabar con su vida.


A la hondureña Berta Cáceres la acribillaron a balazos el 2 de marzo del año pasado; un grupo de hombres armados irrumpió en su casa y abrió fuego contra ella. Cáceres era conocida por su defensa de los derechos medioambientales y del pueblo indígena lenca. Su lucha contra las hidroeléctricas que explotaban los recursos naturales de su país le valió los ataques y las amenazas de quienes veían peligrar sus intereses comerciales.

Y así se podría seguir hasta contar casi 300 historias, todas ellas, igual de macabras. Según los datos recogidos por Amnistía Internacional, un total de 281 defensores de los Derechos Humanos han sido asesinados en 2016, 125 más que el año anterior. Por ello y para dar la voz de alarma, la organización ha lanzado la campaña global «Valiente». ¿Su objetivo? Detener la «ola de ataques», cada vez más «letal», que se ha levantado contra los defensores de los Derechos Humanos. Y pedir a los estados que reconozcan el trabajo de estas personas y tomen medidas eficaces para protegerlas.

Para dar a conocer la iniciativa, la ONG organizó este martes un acto que tenía a dos invitados de excepción: el periodista eritreo Dessale Berekhet y el activista guatemalteco Pascual Bernabé Velázquez. En el escenario del madrileño Teatro Alfil, a tiro de piedra de Gran Vía, ambos explicaron la situación a la que se enfrentan.

Eritrea, cementerio del periodismo

Berekhet definió su tierra natal, Eritrea, en el cuerno de África, como «un estado de miedo, no de derecho, en que hay un señor que lo dispone todo» —aludiendo así a Isaías Afewerki, presidente del país desde que este alcanzó la independencia, en 1993—. Explicó que, en un lugar en el que no hay ni parlamento ni tribunales, la gente no tiene acceso a la red ni es capaz de cambiar su mentalidad. Un paso decisivo para que la nación avance. «No hay cambio de rey si no hay un cambio de mentalidad primero», sentenció en inglés, sentado en un sofá rojo, ayudado por una traductora que repetía sus palabras en español.

Berekhet nació en el que, según Reporteros sin Fronteras, es el segundo peor país del mundo para ejercer el periodismo, solo por encima de Corea del Norte. Sin embargo, él no dudó en dedicar y entregar su vida a esta profesión. Trabajó en medios privados eritreos, hasta que, en 2001, las autoridades los cerraron. Ya como periodista independiente, tuvo que enfrentarse a una estricta censura y vio cómo muchos de sus compañeros eran encarcelados o, simplemente, desaparecían. Conocedor de cuál sería su destino, decidió cambiarlo y huir del país. Ahora, reside en Noruega, pero no se ha desvinculado de su patria. Desde la nación escandinava, junto a otros colegas en el exilio, participa en movimientos que, desde la distancia, donde tienen un mayor margen de acción, tratan de revertir el caos en que Eritrea se encuentra sumida. Y, ni así, puede evitar las amenazas. Sin embargo, firme, asegura: «No temo por mi vida; sería un honor morir en esta lucha. Además, es mejor no pensar en los riesgos. Eso mata el espíritu».

Guatemala, la lucha por la tierra

Lo mismo le ocurre a Velázquez, líder indígena maya Q’anjob’all en el municipio guatemalteco de Huehuetenango, uno de los numerosos defensores de derechos humanos que se han opuesto a la instalación de las hidroeléctricas (españolas y canadienses sobre todo) en su comunidad y que, por ello, han sufrido acoso, persecución e intimidación. Vestido de negro —«enlutado» como su municipio—, reconoce tener miedo, pero insta a seguir el «ejemplo espiritual de Jesucristo». Más que por la vida de los propios defensores, teme por la de sus familias, por la de los hijos que son perseguidos cuando sus padres, activistas, mueren. Y se pregunta: «¿Quién va a cuidar de su familia y de la naturaleza si ellos faltan?».

Hijo de padres indígenas y campesinos, tuvo que abandonar sus estudios muy joven, por razones económicas. «Pero los azares de la vida y la pobreza me han dado una universidad que es conocer los problemas de nuestros pueblos», cuenta. Por ello, es capaz de ver cómo la guerra —aunque con otro disfraz— continúa arrasando su país: «Antes se trataba de una lucha con armas en las montañas; ahora, ha adquirido otra dimensión». Para contraatacar, asegura que defensores como él «no usan la fuerza, sino las leyes, que», muchas veces, «el Estado» —en connivencia con las grandes empresas transnacionales— «no cumple».

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