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13/06/2017

La Razón, España- por David Solar

Los intelectuales de las SS: la mayoría de los mandos nazis eran universitarios




El historiador Christian Ingrao demuestra en un demoledor ensayo que la mayor parte de los mandos nazis eran universitarios, a veces, con dos carreras. Acaba así con el tópico de que los ejecutores del Holocausto eran personas sin estudios y extraídas de los bajos fondos.

«No era un trabajo para los soldados alemanes la eliminación de las personas indefensas, pero el Führer había ordenado estas acciones porque estaba convencido de que los judíos se volverían contra nosotros, y que las ejecuciones que se nos ordenaban eran para proteger a nuestras mujeres y nuestros hijos», declaró el coronel Walter Blume durante el juicio al que fue sometido en 1947. Walter Blume, estudiante universitario en Jena, Bonn y Münster, doctor en leyes, es uno de los 80 casos estudiados por el historiador francés, Christian Ingrao («Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS»), en una extraordinaria investigación muestra cómo los niños alemanes de la Gran Guerra, que en los años veinte hicieron carrera universitaria –preferentemente en Leyes, Historia, Economía, Geografía o Sociología–, fueron masivamente reclutados por Reinhard Heydrich y Heinrich Himmler para los aparatos represivos del III Reich.

En algunos casos alcanzaron altos cargos en la SD (Servicio de Seguridad de las SS), en alguna de las diferentes ramas policiales (Kripo, Sipo, Gestapo...) o dentro de la RSHA, donde todas ellas terminaron conviviendo, pero la mayoría cumplió misiones en puestos intermedios como especialistas y en numerosos casos terminaron al frente de los Einsatzgruppen (literalmente: «grupos operativos» o «grupos de operaciones») que la obra define en su glosario como «comandos móviles de ejecución» y no en vano, pues se les achacan más de 1.4000.000 asesinatos de judíos, oficiales, comisarios políticos y soldados rusos, patriotas polacos, gitanos...

Cristian Ingrao ofrece una visión reveladora sobre las atrocidades nazis. Cierto que fueron promovidas por Hitler y sus colaboradores próximos, pocos más de algunos centenares, pero suele considerarse que los responsables directos y los ejecutores materiales de las atrocidades nazis, fundamentalmente, del Holocausto, eran embrutecidos personajes del partido, forjados en las filas de los matones pardos de la SA y, con frecuencia, extraídos de los bajos fondos con la promesa de salario e impunidad. Ahora «Creer y destruir» nos muestra que gran parte de los cuadros medios del aparato represor nazi eran universitarios, varios con dos licenciaturas y algunos doctorados «cum laude», que no le hacían asco a reventarle la cabeza de un detenido, sin ningún tipo de juicio, sencillamente porque el régimen nazi lo hubiera señalado como «escoria», «sub-hombre» o «enemigo del III Reich». El inicialmente mencionado doctor Walter Blume, con su Einsatzgruppen, fue hallado responsable del asesinato en de 24.000 judíos en Bielorrusia y de la deportación de un millar aproximadamente de judíos griegos siguiendo las órdenes de Eichmann. En el noveno proceso de Nüremberg que se siguió contra los Einsatzgruppen entre septiembre de 1947 y abril, 1948, siempre se mostró contrito, abrumado por la responsabilidad y solo apoyado por el «cumplimiento de las órdenes recibidas»... Fue condenado a muerte conmutándosele la pena por 25 años de reclusión, de los que sólo cumplió diez.

Un efecto colateral

Las investigaciones posteriores han determinado que era nacionalista, xenófobo, racista y antisemita furibundo en la época universitaria y testimonios de quienes estuvieron a sus órdenes en Bielorrusia le muestran como un jefe puntilloso con estómago de amianto: «...El comando de ejecución comprendía unos 25 hombres. El doctor Blume estaba presente y también disparó (...) También yo tuve que disparar, hasta que me quedé sin munición (...) Antes de las ejecuciones en Gorodock, el doctor Blume nos enseñó a colocar el cañón de la pistola en la nuca de las víctimas, en el arranque del cabello. Tras el disparo, la bala debía salir por la frente». Al parecer, la formación universitaria más que humanismo le había proporcionado pericia como asesino.

Los casos estudiados en esta obra se refieren a los varones que no combatieron en la gran guerra, nacidos en la primera década del siglos XX, es decir, que al final del conflicto contaban con un máximo de 16 años y un mínimo de 8 y que, por tanto fueron conscientes del país en guerra en el que estaban creciendo: padres, hermanos, familiares, conocidos en el frente; la espera de las informaciones bélicas y el temor ante la recepción de noticias luctuosas que afectaban a su familia –varios de los estudiados quedaron huérfanos– o a sus allegados; las privaciones obligadas por el racionamiento –apenas perceptibles por los más pequeños , pero sensibles para los mayores, que habían vivido tiempos de abundancia.

Los niños percibieron entre 1914 y 1918 la justificación de la guerra que enseñoreaba todos los ambientes alemanes, la prensa para empezar: «Alemania no quería la guerra; invadió Bélgica para que los británicos no penetraran en Alemania a través de ella»; otro argumento: «Alemania se ha visto obligada a defender su seguridad porque los rusos habían puesto en marcha su movilización y tuvimos que hacer lo propio para no quedar indefensos», y un tercero: «Alemania había penetrado en Francia para defenderse, porque Francia se lanzó a la guerra». Cualquier atrocidad se consideraba lícita ante la inhumanidad del enemigo, para lo que se utilizaban los desmanes reales o supuestos causados por los rusos en las primeras semanas del conflicto. Y más: los enemigos eran cobardes, sucios, ignorantes, feos, borrachos, criminales, frente a los valientes, pulcros, cultos, guapos, sanos y virtuosos padres, hermanos, vecinos y amigos de la familia, que estaban en el frente.

Y llegó la innombrable derrota. En la vencida Alemania se hablaba de las causas de la guerra, poco de su desarrollo y no se mencionaba la derrota. Era un trauma imposible de asumir que solo se explicaban por la traición. Los ejércitos alemanes se hallaban dentro de Rusia, que había capitulado, combatían dentro de Francia y de Italia y su flota estaba casi intacta cuando se sublevaron las tripulaciones. Por tanto, no había existido una derrota militar, sino la defección de la retaguardia, promovida por judíos socialdemócratas y comunistas, lo que se denominó «la puñalada por la espalda». Y si no había existido la derrota, forzosamente continuaba la lucha... que, de momento, debía suspenderse a causa de otra traición: la firma de las condiciones de Versalles, que desmembraban Alemania, desgajaban importantes minorías, minimizaban su ejército, desguarnecían sus fronteras, imponían enormes indemnizaciones y, acaso lo más inasumible, le imputaban como único responsable de la Gran Guerra.

La tragedia no terminó en Versalles: aún tuvo Alemania que afrontar años de conflictos internos, desde la sublevación de la Marina, el levantamiento espartaquista, la autoproclamación de varias repúblicas socialistas, al golpe de Kapp o la actuación de los «freikorps» (cuerpos libres) ferozmente nacionalistas, anticomunistas y resentidos por la derrota. Ese fue el ambiente de los niños alemanes de la guerra, junto con la humillante ocupación del Sarre, la ruina económica y la más brutal de las depreciaciones monetarias.

Marcando el camino

Estos jóvenes nacidos entre 1900 y 1910 fueron a la universidad, se licenciaban o doctoran en centros prestigiosos, como Heilderberg, Gotinga, Múnich o Leipzig, frecuentaban asociaciones de estudiantes mayoritariamente nacionalistas, anticomunistas, antisemitas, se reunían en asociaciones gimnásticas o de esgrima (lucían orgullosamente en sus mejillas las cicatrices de los sables), muchos cursaban estudios de germanidad y se sentían racialmente superiores. Desplegaban propaganda nacionalista y xenófoba, visitaban los fines de semana el Sarre, animando: su resistencia ante la ocupación francesa, alentaban las demandas sudetes, rechazaban lo firmado en Versalles y odiaban la república de Weimar, a los «viejos» que lo habían aceptado, que pagaban las indemnizaciones de guerra y que constituían el recuerdo de la derrota encaramados al poder. En buena parte, el argumentario nazi ya existía en los campus alemanes de la posguerra y solo les faltaba un líder como Hitler para que hallaran esas ideas reunidas en sus discursos tabernarios anteriores al Putsch de 1923 y, un año después, incluso las pudieran leer reunidas en «Mein Kampf» (Mi lucha), el catecismo nazi, y muchos corrieron a afiliarse en el NSDAP o a votarle, ganando para el nazismo un alto porcentaje de los sufragios universitarios.

Con Hitler en la Cancillería, 1933, bastó la llamada de Heydrich para que corrieran a integrarse en la Kripo, la Sipo, la Gestapo o en el SD (Servicio de Seguridad de las SS, su departamento de espionaje), donde se fueron acostumbrando a exterminar cuanto se opusiera al Reich milenario, mágica panacea para sus tribulaciones del pasado.

Las aulas, que no les habían imbuido el humanitarismo característico de la Universidad alemana, les empaparon de conocimientos: fueron fieles intérpretes de órdenes asesinas, hábiles organizadores del genocidio, inteligentes jefes que replegaron a sus subordinados a tiempo en las inmensas retiradas de la URSS (hubo pocas bajas entre ellos), previsores burócratas que vieron las orejas de la derrota un año antes de que se produjera (lo que les permitió limpiar su rastro sangriento), escurridizos responsables que tardaron años en ser detenidos y excelentes estrategas en su defensa ante los tribunales que les juzgaron, capaces de aburrir y embarullar a los fiscales, de modo que salvaron el cuello y a finales de los años cincuenta ya estaban en libertad.

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