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30/04/2018

El Periódico, España- por Roberto Blum

La tragedia israelí-palestina




Hoy, dos semanas después de la celebración de los setenta años del ‘yom ha’ atzmaut’ (Día de la Independencia) de Israel y dos semanas antes de la rememoración palestina del ‘yawm an-nakba’ (Día del Desastre), es conveniente reflexionar sobre la ya demasiado larga tragedia israelí-palestina.

¿Cómo es posible que dos pueblos semitas, tan cercanos como los judíos israelíes y los árabes palestinos, lleven tantos años enzarzados en una crudelísima guerra fratricida? Una guerra que ha hecho patente una enorme desproporción en todos los sentidos, con graves consecuencias éticas y políticas, no solo en la región, sino para todo el planeta.

Por ejemplo, la población mundial judía no supera los quince millones y en el Estado de Israel habitan alrededor de seis y medio millones de judíos. Del otro lado, en el mundo árabe, habitan unos 385 millones y en la zona de conflicto hay un total de 7.04 millones de palestinos. En el Estado de Israel propiamente dicho habitan 1.84 millones de árabes palestinos. Sin embargo, en los territorios palestinos ocupados, en la ribera occidental del río Jordán, hay unos 2.7 millones de palestinos y 2.5 millones más viven en el enclave de Gaza. Los palestinos ya son mayoría en esa pequeña región, entre el Jordán y el mar Mediterráneo. Y la desproporción demográfica seguirá creciendo en contra de los judíos israelíes. Ese simple hecho es ya ominoso para un Estado creado por las Naciones Unidas, como “refugio para los judíos” perseguidos en la Europa dominada por los nazis.

La historia no es nada sencilla. En la Europa cristiana el pueblo judío fue objeto de persecuciones y expulsiones durante mil años. Fueron repetidamente expulsados de Francia, comenzando en 1182, de Inglaterra en 1290, de Hungría en 1349, de Austria en 1421, de España en 1492 y de Portugal en 1497. Muchos de ellos emigraron al imperio Otomano y a Polonia, donde fueron bien recibidos. En el imperio Otomano formaron comunidades que se autogobernaban legal y pacíficamente. En Polonia formaron una útil clase de artesanos, funcionarios y comerciantes, situada entre la nobleza feudal y el campesinado. En los Estados Pontificios, en el centro de Italia y el sur de Francia, los papas recibieron y protegieron a muchos judíos que huían de otras regiones de Europa.

La Revolución Francesa de 1789 cambió radicalmente la historia del mundo y la historia de los judíos. Surgió el moderno Estado-nación y los judíos fueron emancipados legalmente, primero en Francia y después en los países que siguieron el ejemplo francés. En esta nueva época, los judíos fueron considerados ciudadanos del país de religión judía. El emperador Napoleón convocó y reunió por primera vez en 1,800 años al Sanedrín –la máxima autoridad judía– para determinar el nuevo estatus de la comunidad israelita. Así, por ejemplo, en adelante habría franceses de religión católica, protestante, judía o sin religión, pero todos serían legalmente ciudadanos franceses.

Theodor Herzl, un periodista austrohúngaro, publicó en 1896 un libro titulado

El Estado judío y en 1897 convocó en Basilea el primer Congreso Sionista Mundial, con el propósito de crear un Estado para la nación judía. El virus del nacionalismo contagió a muchos judíos que vivían en Europa oriental. Herzl pensó primero en construir ese “hogar nacional judío” en Argentina, pero poco después volvió la mirada al territorio palestino, dentro del imperio Otomano. En 1917, el ministro inglés Balfour otorgó una carta de intención para apoyar ese proyecto.

El holocausto judío perpetrado por los nazis cimbró las conciencias del mundo, que apoyaron la creación de Israel, un “Estado refugio del pueblo judío”, en 1948. Sin embargo, una injusticia no se resuelve con otra. Por su propia supervivencia, Israel debe negociar hoy con los árabes palestinos, para crear un Estado palestino en esa pequeña región, siempre disputada. No solo es una cuestión de justicia, sino también una forma de asegurar la propia supervivencia de Israel a largo plazo.

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