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30/01/2017

Infobae, Por Ignacio Hutin

La odisea tras las huellas del cementerio judío más olvidado de Europa




A diferencia de los cristianos, los judíos no colocan flores en las tumbas de sus seres queridos sino piedras pequeñas a modo de ofrenda y respeto a la memoria, y es que las piedras no se marchitan, ni se secan: las piedras son, de alguna forma, eternas, como lo es para el judaísmo el alma humana. Y la historia.

"Camino a la aldea en donde vive mi abuela hay un viejo cementerio judío pero nunca lo he visitado", me dijo una tal Milja Petrovic, estudiante de español con la que me encontré para conversar una tarde de primavera camino a la antigua fortaleza otomana de Nis. Fue lo primero que supe de aquel lugar: que quedaba camino a Medoshevac. Pronto descubriría también que ese cementerio está abandonado, que ya casi no hay judíos en Nis, que muchos murieron durante la Segunda Guerra Mundial y otros se radicaron en Israel luego de la creación del estado en 1948. Pero lo más importante que aprendí en aquellos días de mayo fue que el acceso al cementerio no es tan sencillo. Al menos para los vivos.

A unos 250 kilómetros hacia el sur de Belgrado, Nis es la tercera ciudad más grande de Serbia y un cruce de caminos que ha cambiado de manos tantas veces que resulta complejo enumerarlos; pero cada civilización ha dejado un rastro imborrable: desde los romanos a los otomanos, desde los bizantinos a los búlgaros y tantos otros han construido murallas, monumentos, plazas, palacios, cementerios. Es así que las murallas de la fortaleza hoy circundan un parque con tantos juegos para niños como piezas arqueológicas, y la ciudad se constituye como parada casi obligada para cualquiera que atraviese la península balcánica de norte a sur o de este a oeste. Es, de hecho un destino relativamente turístico, sobre todo en verano, cuando locales y foráneos se juntan a beber cerveza en las orillas del río Nishava. Hay cuatro oficinas de información turística en Nis, y en tres de ellas desconocían la existencia del viejo cementerio judío.

Hoy sobreviven apenas treinta judíos en Nis, pero la comunidad local solía ser mucho más grande, de alrededor de mil personas, hasta el establecimiento del campo de concentración nazi Crveni Krst en 1941, uno de los primeros en la región y por el que pasaron cerca de 35 mil personas entre judíos, nacionalistas serbios y gitanos. La única sinagoga que sobrevive fue inaugurada en 1925 y para el final de la guerra, con una comunidad seriamente diezmada, quedó abandonada hasta finalmente ser vendida al Museo Nacional Serbio en 1970, aunque aún hoy conserva la fisonomía original, inscripciones hebreas y una estrella de David sobre el portal. Lo mismo sucedió con aquel viejo cementerio que quizás date de fines del siglo XVII o tal vez de principios del XVIII, pero que de seguro fue establecido pocos años después de 1695, cuando fehacientemente se terminó el primer templo de la comunidad en Nis.

En 1965 la ciudad prohibió en forma oficial los entierros en el cementerio pero no hacía ninguna falta: ya desde fines de la Guerra estaba en desuso. Y fue entonces que los caminos de judíos y gitanos volvieron a cruzarse como lo habían hecho en Crveni Krst. Una familia romaní construyó una casa en el espacio ocioso, donde a nadie le importaría, y esa familia fue seguida por otras. Y otras. Y otras. Las nuevas viviendas avanzaron sobre una buena porción del espacio del cementerio y pronto las lápidas se convirtieron en paredes, en puertas, en mesas, en sillas, en parte del intrincado laberinto de angostos pasillos que es el barrio gitano.

Nunca conocí a Jasna Ciric. Sé muchas cosas de ella pero jamás la he visto. Sé que tiene 60 años, sé que es soltera, sé que fue enfermera, que hoy está retirada y que es la Presidente de la Comunidad Judía de Nis. Fue la primera persona a la que busqué para conocer la historia del cementerio pero sus respuestas por correo electrónico fueron vagas, evasivas y finalmente agresivas. Tras aquellos primeros intercambios, Ciric no sólo no sería de ayuda sino que se convertiría en un insólito e inexplicable obstáculo. Decidí que si quería visitar el lugar debía hacerlo por mi cuenta y para ello debía conocer primero la ubicación.

Como sabía que era junto al barrio gitano, hacia Medoshevac y en algún punto entre la avenida Ivana Milutinovica y el río, caminé por la orilla hasta ver las primeras casuchas de chapa. Era junio y el calor, espantoso. Un grupo de niños corría cerca de un bote de basura en el que eran incinerados quién sabe qué tipo de residuos; tres o cuatro hombres reparaban un oxidado coche Yugo, considerado uno de los peores de la historia, del cual los yugoslavos solían afirmar que para doblar su valor alcanzaba con llenarle el tanque de gasolina. Ninguno de ellos sabía nada del cementerio.

Unos doscientos metros más adelante, en el punto en donde las calles de tierra se angostan y pasan a ser simples pasillos, una mujer mayor, obesa y un poco sorda me respondió en un serbio con extraña pronunciación que aquí, aquí está el cementerio. Y su respuesta no cambió cuando insistí: ¿en dónde? Un hombre vendía helados bajo el rabioso sol entre callejones sin salida, chatarra, mujeres desdentadas fumaban y reían, un gallo escapaba del polvo que levantó un carro a su paso. Como si Chagall se hubiese estrellado en Serbia en pleno verano. El intrincado laberinto me encerraba en una calurosa tarde de sábado en la que decenas de personas me indicaban una u otra dirección sin mayores certezas. Entre casuchas y callejuelas ningún camino parecía conducir a destino, cada nueva dirección chocaba en una pared. Necesitaba a un guía.

Conocí a Taky unos días más tarde cuando se me acercó al verme inocultablemente extranjero camino al cementerio. Era un joven gitano de dieciocho años que vivía en el barrio, su inglés era perfecto y había viajado mucho en los últimos años, de Dubai a París. Era un privilegiado entre los suyos, nada le faltaba y le gustaba presumir. Hacía algunos meses había guiado a un colega hacia la frontera del barrio, allí donde las construcciones terminan y comienza el espacio aún intacto del viejo cementerio, el que se supone está protegido por ley desde 2007.

Aunque un muro imposibilita el cruce de un lado al otro, desde algunas de las casas puede echarse un vistazo al terreno cubierto de maleza, con lápidas claras que se levantan desde el olvido, y Taky me ofrecía esa posibilidad: una ventana desde lo alto. Me advirtió que el barrio era peligroso, que si volvía mi vida correría peligro y, de guiarme, la suya también; dijo que ese riesgo tenía un precio y me pidió una buena suma para afrontarlo. Por un vistazo no valía la pena. Taky no sería una alternativa.

Cerca de un tercio del viejo cementerio se ha convertido en parte del barrio gitano, en otra porción se han construido galpones, el estacionamiento de un restaurant y una gran tienda china, mientras que la sección restante permanece abandonada. Del lado del restaurant también se ha levantado en los últimos años un desalineado muro sin revoque de casi cuatro metros de altura con una puerta de chapa que constituye el único acceso a la necrópolis. La puerta está bloqueada por una vieja cerradura rota y un candado cuya llave está en posesión de algún alguien. La compañía de limpieza local Medijana no la tiene. Uros Parlic, director de la Organización de Turismo de Nis que trabaja en la cuarta oficina de información, tiene llave de esa vieja cerradura rota pero desconocía la existencia del candado. Jasna Ciric quizás, pero nunca prestó ayuda.

En 2004, parte de la Comunidad Judía, un grupo de gitanos y soldados serbios se unieron y durante seis semanas limpiaron el cementerio, quitaron malezas, instalaron cloacas para que el agua residual del barrio no terminara en las tumbas, se ocuparon de cerca de cien toneladas de desperdicios y colocaron señales turísticas que aún indican el trayecto al cementerio esperando la probable llegada de visitantes que nunca llegaron. En los últimos doce años no se han realizado más trabajos, quizás por falta de fondos, quizás por falta de interés. La maleza ha vuelto a crecer y a cubrir las lápidas. La puerta sigue bloqueada y la información, vedada. Nadie parece interesarse en este lugar, el más antiguo testimonio de los primeros judíos que llegaron al sur de Serbia.

Habían pasado casi dos meses desde aquella tarde de primavera camino a la antigua fortaleza otomana en que una tal Milja Petrovic me comentara la existencia de un cementerio judío cuando decidí volver a las intrincadas callejuelas del barrio gitano. El olor a basura infestaba los poros en el que quizás fuera el día más caluroso de aquel verano balcánico. Pocas horas antes había descubierto que la llave de Uros Parlic era inútil y que un tal Miroslav, gerente zonal de Medijana, no tenía acceso al cementerio. Se agotaban las alternativas. Srdjan e Igor eran dos mellizos gitanos, por entonces de vacaciones en Alemania y Montenegro respectivamente, que presidían algún tipo de organización comunitaria. Su padre no sabía absolutamente nada de ningún acceso ni de posibles nuevos acuerdos o trabajos de acondicionamiento. Muchos vecinos me refirieron a los mellizos para encontrar cualquier respuesta que lograra desatar el extraño y misterioso nudo que mantiene alejado a quien quiera inmiscuirse en la historia del judaísmo balcánico. No había forma. Nadie conocía, nadie sabía, a nadie le importaba.

La misión parecía simplemente imposible. El viejo cementerio lucía tan extinto y vano como los perdidos rastros de una historia jamás contada. Las pequeñas piedras a modo de ofrenda y respeto a la memoria debían de estar marchitas por tanto desprecio.

Mientras me alejaba por las calles de tierra comenzaron a caer las primeras gotas pesadas de una pasajera lluvia de verano. Pensé entonces que debía buscar algo más, quizás pudiera saltar ese desalineado muro sin revoque de casi cuatro metros de altura, quizás pudiera conseguir una soga, una escalera, algo. Para cuando me encontré una vez más frente a la puerta bloqueada la lluvia ya había cesado y el sol volvía a golpear con fuerza cuando se acercó un hombre bajo, de pelo muy corto y cigarrillo en la boca. Me dijo que no tenía una escalera tan alta, que creía que era Ciric quien tenía la llave, que hacía mucho tiempo que no la veía andando por allí, que de hecho nadie iba por allí. También dijo que quizás alguien más tuviera la llave. Me pidió que esperara y se tomó sus buenos quince minutos en volver con un manojo de muchísimas, demasiadas llaves de tantas formas y colores como sean imaginables: no sabía qué puertas o cofres podrían abrir.

Una tras otra las fuimos probando con creciente desazón ante cada fallo. Y entonces. Una. El candado desistió y la puerta se volvió franqueable. Allí estaban las malezas, las lápidas claras elevándose desde el abandono, la historia tan eterna como las pequeñas piedras. Antes de dar el primer paso, miré al sorprendido hombre de pelo muy corto y le abracé con fuerza.

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