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21/09/2018

Revista El Medio- por Mitchell Bard (The Algemeiner)

La narrativa de la víctima palestina ya no vende




Tras una aceptación de décadas de la idea de que los palestinos merecen recibir asistencia financiera de EEUU sin ofrecer nada a cambio, por fin el presidente Trump ha dicho basta. Harto de sus mentiras y obstinación, ha decidido que los palestinos no tienen derecho a servirse del dinero del contribuyente norteamericano para pagar a terroristas, asistir a pseudorrefugiados y llenar el bolsillo de un liderazgo corrupto volcado en enriquecerse y enriquecer a su entorno.

Lo de cortar la ayuda a la UNRWA era algo largamente esperado porque esa organización simboliza el carácter fraudulento de los reclamos palestinos. La UNRWA se ha sacado de la manga cinco millones de refugiados y ha creado un sistema de beneficencia que les garantiza la miseria permanente. El problema de los refugiados podía haberse resuelto hace ya decenios, como concibió la propia UNRWA en un primer momento, si los líderes del Líbano, Egipto, Jordania y Siria les hubieran concedido la ciudadanía de sus respectivos países, sacado de los campos y permitido asimilarse en sus sociedades, con las que ya compartían lengua, religión y cultura.

¿Y cómo puede alguien justificar que los propios líderes palestinos mantengan a su pueblo confinado en campos? Luego de que Israel evacuara Gaza, los palestinos dijeron que sobre las ruinas de los asentamientos construirían casas para los refugiados, y recibieron miles de millones de dólares para ese proyecto. Pues bien, no creo que se haya construido una sola casa para un solo refugiado.

¿A dónde ha ido a parar ese dinero?

A Hamás, que ha fabricado cohetes y excavado túneles; que se ha preocupado por sí misma a costa del pueblo. Quizá un día los refugiados se cansen de ser utilizados como carne de cañón contra Israel y protesten contra sus carceleros de Fatah y Hamás.

Los propalestinos predijeron enseguida que la pérdida de la financiación norteamericana propiciaría una catástrofe humanitaria en los territorios. Pero ¿dónde están los otros 190 países del mundo que no llenan el vacío? La mayoría de ellos proclaman su lealtad a la causa palestina y votan a favor de cada resolución de la ONU que alimenta las fantasías palestinas. Por supuesto, votar es bien sencillo y gratis. Si de verdad están tan preocupados, ¿no creen que una coalición de Estados, o la UE sola, podría aportar los pocos cientos de millones de dólares que venía aportando EEUU? Los países árabes productores de petróleo podrían financiar el presupuesto anual de la Autoridad Palestina con los ingresos semanales que obtienen del crudo.

¿Y qué pasaría si todos esos grupos e individuos que promueven el antisemita boicot a Israel se gastaran el dinero en socorrer a los palestinos en vez de en convencer a los artistas de que no actúen en Israel, en llenar los campus universitarios de propaganda o en perjudicar las oportunidades de empleo de los palestinos que quieren trabajar en Israel? Seguro que Roger Waters, Viggo Mortensen, Penélope Cruz y todo ese millar largo de celebridades que abogan por el BDS podrían reunir la suficiente cantidad de dinero para atender a la gente que, dicen, tanto les preocupa.

¿Por qué los palestinos, a los que les encanta copiar las ideas de la comunidad proisraelí, no venden bonos palestinos? Sólo en EEUU, Israel obtiene más de 1.000 millones de dólares de donantes. Seguro que los seguidores de las organizaciones que dicen desvivirse por los palestinos, como JVP, SJP o CAIR, correrían a comprarlos.

Pero la Autoridad Palestina no tiene dinero para pagar a esos tenedores. Quizá si no destinara decenas de millones de dólares a pagar a los terroristas presos en las cárceles israelíes y a las familias de los mártires tendría dinero para una campaña de bonos. Pero, si consiguieran dinero de esa manera, ¿podrían los corruptos líderes palestinos seguir malversando y financiando a los terroristas?

Quienes se quejan de Trump olvidan que los palestinos no concedieron nada a Obama. Al contrario, se volvieron aún más obstinados como consecuencia de la simpatía del anterior mandatario norteamericano hacia su causa. Mahmud Abás, que había negociado con Ehud Olmert antes de que Obama llegara a la Presidencia, se negó a hacer lo propio con Benjamín Netanyahu durante todo el mandato del demócrata.

Obama siguió el decrépito y tópico manual que ha generado 70 años de fracasos en la diplomacia norteamericana. El equipo de Trump está dinamitando el enfoque arabista. A diferencia de sus predecesores, ve que la estrategia negociadora de los palestinos consiste en asegurarse concesiones israelíes sin dar nada a cambio: se sirven de la más reciente posición israelí como punto de partida para unas nuevas conversaciones, en las que querrán sacar nuevas concesiones a sus interlocutores.

Según Adam Entous, del New Yorker, Jared Kushner, Jason Greenblatt y David Friedman comparan la decisión palestina de rechazar las ofertas previas de Israel con haber dejado pasar la ocasión de comprar acciones de Google hace 20 años: ahora es demasiado tarde para reclamar el precio antiguo y toca pagar mucho más.

Igualmente importante: Trump ha puesto la mira directamente en las vacas sagradas del proceso de paz: Jerusalén y los refugiados. Los arabistas creían que Israel necesitaba volver a dividir la ciudad y predijeron el apocalipsis cuando Trump decidió sacarla de la mesa de negociaciones reconociéndola como capital de Israel. Una vez más, se equivocaron. La maniobra de Trump fue crucial para desengañar a los palestinos de su fantasía de reclamar Jerusalén como capital sólo para ellos.

Los arabistas compraron el relato palestino de los cinco millones de refugiados expulsados en laNakba y esperaban que Israel aceptara al menos un derecho de retorno limitado, a sabiendas de que eso sería el suicidio de Israel como Estado judío. Trump, en cambio, se negó a aceptar la definición de refugiado de la UNRWA; su Administración está haciendo una estimación realista del número de refugiados, probablemente en torno a los 150.000-200.000, que estaría más cerca de los 100.000 que Israel ofreció hace ya mucho aceptar por razones humanitarias.

Se espera que Israel haga concesiones, que puede que incluyan la evacuación de algunos asentamientos, pero estarán en línea con las ofertas que ha hecho en el pasado.

Salvo los fanáticos de Teherán que se preocupan de los palestinos sólo en la medida en que puedan utilizarlos para hacer avanzar sus intereses y amenazar a Israel, la mayoría de los líderes árabes y musulmanes se han hartado de la cuestión palestina. Se decía que los líderes árabes temían que la calle árabe se levantara contra ellos si osaban abandonarla. Eso siempre fue un mito. Cuando esa misma calle árabe no reaccionó al reconocimiento norteamericano de Jerusalén como capital de Israel y al posterior traslado de la embajada de EEUU en Israel a la ciudad, la falta de preocupación por los palestinos quedó más clara que nunca.

No es probable que el plan de Trump tenga éxito, pero no por sus componentes sino por el irredentismo palestino. Ideológica, islámica, psicológica y políticamente, los palestinos no desean la paz con Israel.

Ideológicamente, los palestinos están dirigidos por una vieja guardia que nunca ha sido capaz de abandonar la idea de la liberación de toda Palestina, lo cual quiere decir que no están más dispuestos a renunciar a Haifa que a Jerusalén. Islámicamente hablando, es inconcebible que lo que los palestinos consideran tierra musulmana pueda estar en manos judías, o que los dimíes puedan gobernar a musulmanes. En términos psicológicos, los palestinos se sienten agraviados, ven en el establecimiento de Israel el pecado original y necesitan que se atiendan sus demandas, empezando por el reconocimiento del derecho de retorno. Por lo que hace a la cuestión política, las encuestas muestran que la opinión pública palestina tiene poco interés en la paz si no entraña la capitulación israelí; y si piensa de otra forma, no lo dice bajo el yugo de sus dictatoriales líderes.

Los palestinos merecen algo mejor, pero, como editorializó en su día el Wall Street Journal, “si quieren ser tratados con la consideración que se da a un socio por la paz, en primer lugar tienen que mostrar interés por la paz”. El pueblo palestino sufre y está descontento con la negación de sus derechos cívicos y humanos por parte de sus líderes, pero vuelca su frustración sobre Israel. Tiene que volver las cometas, las bombas y los cohetes contra la Muqata de Ramala y el cuartel general de Hamás. Ha de exigir el control sobre su propio futuro, abandonar la ideología, el fanatismo religioso y las políticas del pasado y abrirse a nuevas oportunidades.

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