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03/10/2017

El País, España- por Alex Vicente

La marmita judía de Goscinny





A René Goscinny lo trataron de reaccionario y patriotero durante media vida. Él prefirió ignorar las habladurías y calló casi hasta el final. Pero llegó un día en que el guionista se quitó la mordaza, durante una entrevista en 1974. “Han hecho de mí el defensor del francés medio, xenófobo, chovinista y hasta racista, cuando parte de mi familia murió en los campos de concentración. Son acusaciones que no soporto”, dijo el creador de Astérix, Lucky Luke o El pequeño Nicolás. Hasta entonces muchos ignoraban, incluso en su círculo íntimo, que sus padres y sus abuelos habían sido judíos.

En la entrada de la exposición René Goscinny, más allá de la risa, inaugurada esta semana en el Museo de Arte e Historia del Judaísmo de París, un árbol genealógico revela esa filiación. Sus progenitores, Stanislas y Anna, se casaron en París en 1919, después de que sus respectivas familias dejaran atrás Polonia y Ucrania por la represión zarista. Su padre era químico, políglota y masón, mientras que la familia de su madre tenía una imprenta que editaba distintos diarios en yiddish. La familia se mudaría a Argentina poco después de que Goscinny naciera en 1926, invitados por la Jewish Colonisation Association, que fundó colonias agrícolas en el país latinoamericano para acoger a los judíos perseguidos en Europa.

Hasta el 4 de marzo de 2018, la muestra permite explorar los orígenes de un hombre que, con esa única y tardía excepción, nunca se expresó públicamente sobre su religión. Surge de la voluntad de su hija Anne, que ha prestado gran parte de los archivos familiares. “En los tiempos que corren, me parecía interesante recordar que Astérix, uno de los emblemas de nuestro país, fue inventado por dos hombres: mi padre, cuyos progenitores fueron naturalizados franceses 10 días antes de que naciera, y Albert Uderzo, de padres italianos”, explicó a L’Obs.

La exposición sopesa cuál pudo ser la influencia de estas raíces en su obra. En realidad, las referencias explícitas a la cultura judía brillan por su ausencia en las decenas de álbumes que firmó. Solo algunas caricaturas dan cuenta de un contexto que tuvo la suerte de vivir a distancia —primero en Argentina y luego en Nueva York, donde emigraría en los cuarenta—, pero que no dejó indemne a su familia: tres de sus tíos fueron asesinados en los campos de concentración, mientras que su abuelo murió en la zona libre. En uno de esos dibujos, el joven René retrata a una familia de alemanes, los Müller, donde ya destaca una mirada inclinada a la parodia, y a un hierático Adolf Hitler. Aunque el dibujo más perturbador es un pequeño esbozo a lápiz. En él, se distingue un hombre que se aleja cargando con dos maletas.

Negra comicidad

El descubrimiento de estos orígenes permitió, en su día, reinterpretar la saga de Astérix a través de analogías algo burdas, que la muestra prefiere ignorar. Hay quien detectó los colores de la bandera de Israel en la malla de Obélix y quien ve a un rabino en el druida Panorámix. La irreductible aldea gala acosada por el Imperio Romano podría funcionar como un símbolo de la persecución judía. O bien hacer referencia a los shtetl, las comunidades de askenazíes que existieron en toda Europa Central antes del Holocausto (la madre de Goscinny creció en uno). “Seamos prudentes con las interpretaciones excesivas”, ha advertido su hija.

La influencia de esos orígenes sería mucho menos explícita. De entrada, habría que contemplar su negrísima comicidad. “Ese humor judío que hace reír a partir de las lágrimas”, dijo una vez Uderzo al recordar a su compañero de fatigas. La comisaria de la exposición, Anne Hélène Hoog, subraya también sus habituales juegos con la lengua a partir del absurdo, rasgo propio de las tradiciones judías, y su distancia respecto al relato oficial francés, que seguía idealizando a los ancestros galos, padres fundadores de la nación. Goscinny prefirió convertirlos en hombrecillos valerosos y entrañables, pero también grotescos. Ni más ni menos que sus contemporáneos. Esa era la marmita en la que había caído de pequeño.

PASIÓN POR WALT DISNEY

Francia conmemora el 40º aniversario de la muerte de Goscinny con una segunda muestra que explora las relaciones de este legendario guionista con el séptimo arte. Goscinny y el cine, que se inaugura el miércoles en la Cinemateca Francesa, explora su pasión por los clásicos mudos, pero también por Walt Disney, con quien siempre soñó en trabajar. Incluso lo intentó emular fundando los estudios Idéfix, de corta existencia pero gran influencia en la animación francesa. Con ellos rodaría cuatro adaptaciones de sus álbumes con Uderzo, en los que no dudó en parodiar secuencias de clásicos como Ben-Hur o Cleopatra. “No tenía nada de chovinista ni de francés por antonomasia. Al revés, contaba con la distancia necesaria para ver los franceses con una mirada, si no cruel, sí extremadamente irónica. Para eso, tal vez fuera necesario ser un judío llegado del Este, que creció en Argentina y pasó su juventud en Estados Unidos”, analiza el director de la Cinemateca, Frédéric Bonnaud.

Cuando residía en Nueva York, Goscinny intimó con Harvey Kurtzman, el pope de la revista satírica Mad, y otros dibujantes judíos que trabajaban para la misma, como Will Elder o Jack Davis, que no dudaban en arremeter contra la cultura oficial estadounidense, aunque escondiendo sus feroces críticas tras la mejor de sus sonrisas. Para Goscinny, que fue dibujante antes de convertirse en guionista, esos encuentros fueron determinantes, porque legitimaron su visión del humor. De hecho, pese a su infinita admiración por Disney, sus películas no se parecían en nada. “Sus imaginarios son totalmente distintos. Goscinny profería geniales parodias, muy alejadas de la ideología de Disney y sus cuentos de hadas. Todo eso, a Goscinny, no le interesaba nada”, concluye Bonnaud.

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