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19/01/2018

La Vanguardia, España- por Lara Gómez Ruiz

La espeluznante historia de la bailarina de Auschwitz





Edith Eger estuvo a punto de cumplir su sueño cuando tenía 16 años: ser bailarina profesional. Lo cuenta a menudo mientras mira una fotografía en blanco y negro en la que se la ve a ella vestida con un maillot. Una instantánea tomada por su amor de adolescencia, Imre, pocos meses antes de que su mundo se destruyera. Él, como muchos otros, no sobrevivió al Holocausto.

Ahora Edith tiene 87 años y se ha atrevido a contar su historia, recogida en el libro La bailarina de Auschwitz (Planeta, 2018), que llega a las librerías este 18 de enero. Una mujer valiente que, de no haber sido judía, hubiera participado en las Olimpiadas de Berlín. “Me dijeron que tenía que entrenar en otra parte porque era judía y no me quisieron admitir en las Olimpiadas”, recuerda. “Mi sueño se derrumbó completamente”.

Con 87 años, Edith se ha atrevido a contar la historia de su vida

Eger era una judía húngara, la menor de tres hermanas. Vivía en una ciudad llamada Kosice, en lo que hoy es Eslovaquia. No fue hasta marzo de 1944, en las últimas etapas de la Segunda Guerra Mundial, que los nazis llegaron a su casa y arrestaron a su familia. Pasaron por diferentes centros de detención hasta que finalmente les subieron a un tren con destino a Auschwitz.

Al llegar al campo de concentración, la protagonista de esta historia, entonces una adolescente, conoció al doctor Josef Mengele, uno de los altos oficiales médicos del complejo de Auschwitz, más conocido a posteriori como El ángel de la muerte. Estaba de pie al final de la fila de prisioneros, decidiendo quién iría a la cámara de gases y quién a las celdas. “Indicó a mi madre que se colocara a la izquierda y yo la seguí”, recuerda Edith. “El Dr. Mengele se dio cuenta y me agarró. Nunca olvidaré ese contacto visual. Me dijo vas a ver pronto a tu madre, solo va a darse una ducha. Fue la última vez que la vi”.

Pero ese no sería el encuentro final de la bailarina con el infame médico de la SS. “El Dr. Mengele venía a los dormitorios y quería que lo entretuvieran”, cuenta. Un día, las otras prisioneras propusieron que actuara para el hombre que había mandado matar a sus padres. “Pedí a mis captores que tocaran el vals del Danubio Azul. Estaba muy asustada. Cerré los ojos e imaginé estar bailando en la Ópera de Budapest”. El médico alemán recompensó a la chica judía con una ración adicional de pan, que luego compartió con las otras chicas de su dormitorio.

Décadas después de los horrores del Holocausto, la danza sigue siendo su pasión. Eger cuenta que todos los domingos va a bailar swing, la música que conoció a través de los soldados estadounidenses que liberaron Austria en 1945. “Quiero tener una vida plena, no ser alguien dañado”, señala. Tal vez su espíritu haya ayudado a que sobreviviera de los horrores nazis y a que más tarde floreciera como inmigrante en Estados Unidos.

Muchos años después, cuando asimiló como pudo su traumática experiencia, quiso aportar su granito de arena, ayudando a otros a sanar. Por ello, en la década de los 70, empezó a estudiar psicología, especializándose en pacientes que sufrían trastorno por estrés postraumático (TEPT). A lo largo de su carrera, Eger ha asesorado a las fuerzas armadas estadounidenses, ha dado tratamiento a los veteranos de las guerras de Vietnam, Iraq y Afganistán y ha ayudado a levantar refugios para mujeres víctimas de la violencia doméstica. “Auschwitz solo me dio un regalo, el poder guiar a la gente en su camino, ayudándoles a su adaptación”.

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