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15/11/2019

La AMIA en París





Infobae- por Milton Del Moral

De la AMIA a Bataclan: una muestra de fotos para recordar el atentado en Buenos Aires llegó a París con una conmovedora imagen extra

Julio Menajovsky, uno de los primeros fotógrafos en llegar a la mutual judía para retratar el atentado del 18 de julio de 1994, tomó recientemente una foto en la que retrató el encuentro entre tres sobrevivientes de los dos ataques terroristas. La exposición puede verse ahora en la capital francesa.

Mariana no podía estar ahí. Una persona de seguridad le permitió quedarse en un sitio prohibido porque la vio sola e inofensiva. Ramón no debería haber estado ahí: con su metro noventa de altura él suele presenciar los recitales desde lejos. Pero se sentía con la obligación de acompañar a una amiga a quien le gusta ver los shows de cerca. Daniel tampoco tendría que haber estado ahí, a doce pasos del interior del edificio: un señor lo había invitado a una reunión. A disgusto -él prefería ir a tomar un café- aceptó la cita que le salvó la vida. A los tres los une la experiencia de haber estado en un lugar que se rompió, sin preludios, ni avisos, de haber vivido un tiempo histórico bisagra. Son tres sobrevivientes designados por el azar.

Se encontraron por primera vez en la Embajada de la Argentina en París. Mariana Mirabile es argentina, Ramón González es español. Son novios y viven en la capital francesa. Daniel Pomerantz es argentino y vive en Buenos Aires. Juntos posaron ante la lente del artista Julio Menajovsky, uno de los primeros reporteros gráficos en llegar a Pasteur 633, la sede porteña de la AMIA, minutos después de las 9:53 del 18 de julio de 1994. La imagen completará la muestra fotográfica “Veinticinco”, una exposición que hasta el momento se nutría de 19 historias y 38 postales porteñas.

“Veinticinco” debería llamarse esta vez “Veintiséis”. La exhibición en conmemoración a los 25 años del atentado ya se presentó en Nueva York y en Buenos Aires. Su lanzamiento en París sucede un día después del cuarto aniversario de los atentados terroristas en la capital francesa: el 13 de noviembre de 2015 tres comandos yihadistas del Estado Islámico sembraron el pánico y el caos con seis ataques sincronizados en terrazas, en los alrededores del Estadio de Francia y en la sala de conciertos el Bataclán. Murieron 130 personas y más de 400 resultaron heridas.

Mariana y Ramón sobrevivieron a la masacre. Fueron invitados a compartir su historia para anexarla a la muestra. El propósito: construir un puente simbólico entre el dolor y la experiencia de ambas tragedias. El encuentro lo completó Pomerantz, director ejecutivo de la AMIA, también sobreviviente. Aquella fatídica mañana de julio, él estaba a cargo del área de administración de la mutual judía. Recuerda que un día antes se había jugado la final del Mundial de Fútbol en Estados Unidos y que ese lunes estaba habituándose sus nuevas oficinas. Un hombre mayor había insistido en invitarlo a una reunión. A su encuentro fue minutos antes de las diez de la mañana. Se dirigieron hacia un recinto en la otra punta del edificio, en el segundo piso, a doce pasos del interior del mismo. En medio de la charla, el estallido. Su oficina quedó reducida a escombros. Un encuentro al que se había resistido le había salvado la vida.

Desde ese lugar de sobreviviente bajo designio azaroso, mantuvo una charla con los novios. Los escuchó. Cada uno construyó su relato. Mariana había comprado tickets de campo para ver la banda de rock estadounidense Eagles of Death Metal en el Teatro Bataclán la noche del viernes 13. Asistieron ella, su pareja y dos amigos: “Yo me fui simplemente hacia adelante en una parte más elevada, sobre el lateral derecho. Realmente muy cerca del escenario. Era una zona en donde no podía estar. Cuando llego hasta ahí, muy cerca de la puerta del camerino, el guarda me mira, yo lo miro y le digo ‘¿me puedo quedar?’. No me dijo nada. Estaba cerca del escenario y separada de ellos”.

Sonaba el tema Kiss the Devil, que empieza diciendo “¿Quién amará al diablo? ¿Quién cantará su canción?”, cuando ingresaron los terroristas. “Yo no los veo, escucho ruidos, no entiendo qué es, miro al escenario, veo que los músicos se van y pienso que yo también debería hacer algo al respecto. En mi cabeza era alguien, un hombre, con una pistola. En mi cabeza pensaba cuántos tiros tendrá esa pistola, me decía que ya se van a acabar. Fui una de las primeras en subir al camerino porque estaba muy cerca. Subí, me escondí y me metí abajo de una mesa, por las dudas”.

Ramón está a diez centímetros de medir dos metros. “Mi cuerpo, en general, molesta”, entiende. Por eso habitualmente en los conciertos se queda detrás de la multitud. Pero ese día no había ido solo. A una amiga suya le gusta presenciar de cerca los espectáculos. Lo salvó esa sencilla decisión, porque “cuando entraron los terroristas, murieron primero los que estaban atrás”. En un momento, se desconectó del concierto: fue a la barra a comprar una cerveza para él y un vino para su novia, que estaba apostada del lado derecho del teatro. “Le pregunté si quería venir con nosotros y me dijo que estaba bien ahí. Volví con mis dos amigos y tres, cuatro o cinco minutos después fue cuando entraron los terroristas”, retrató.

“Hay una parte de negación del cerebro que nos dice que eran petardos en vez de disparos. Nos tiramos todos al suelo de manera instintiva. Yo pienso que son petardos. ‘No os preocupéis son petardos’, me dijo uno a mi lado. Otro le contesta que no, que son disparos. En los dos minutos que estuve en el suelo con los ojos cerrados escuchando ese tableteo, ese ‘pa-pa-pa-pa’. llegué a pensar que formaba parte del espectáculo”. Recordó que la canción One de Metallica empieza con estallidos de bombas y que empezó a preocuparse al escuchar los gritos de terror que aparecieron cuando los estallidos se detuvieron: “Ahí es cuando me levanto, miro y veo a estos tres terroristas”.

Lo describió como una imagen apocalíptica: “Alguien había encendido la luz así que una luz cenital cae sobre ellos que están en el centro y elevados, de las balas sale un efecto, los palcos eran rojos. Es una imagen muy potente”. Le bastó un segundo para contemplar esa postal y correr: “Esta huida fue puro instinto porque no utilicé la razón. Nuestro amigo se quedó en el suelo y miraba a los terroristas para ver en qué momento huir, cuando estuvieran cargando las armas. Yo no, me levanté y me eché a correr en medio de las balas. Y terminé llegando a la habitación”.

En su testimonio dice que aprendió a correr encogido: “Mi cuerpo parecía haber encontrado por sí solo una posición que le permitía avanzar y al mismo tiempo resguardarse lo máximo posible”. De casualidad divisó una puerta por donde escapar. Cuando entró al camarín, volvió a razonar y dejó de moverse por impulsos. Empezó a preguntarse dónde estaban Mariana y sus amigos. En un arrebato, pensó en ir a buscarla a la sala. Desistió rápido. “En un momento dado pierdo un poco el temple y empecé a gritar ‘Mariana, Mariana’. Ella, que estaba debajo de la mesa, sacó un brazo, me agarró el pie y me dijo ‘estoy aquí’”.

Sesenta personas se recluyeron en esa habitación. Debajo de la mesa, él lloraba mientras ella asumía el rol protector. Estuvieron más de dos horas en silencio, sin saber lo que pasaba afuera. Ramón escribió una crónica de ese día que tituló Paz, amor y death metal. Lo hizo para exorcizar su carga traumática. A diferencia de su novia, lo contó y lo escribió muchas veces. “Cuando lo recuerdo no vuelvo al 13 de noviembre, vuelvo a lo que ya he escrito o he dicho. Se produjo en mí una especie de separación del evento tan fuerte que a veces me parece que no lo viví. Me cuesta conectar con ello. Hablo casi de memoria, como si fuese un actor. Me emociono con testimonios de otros sobrevivientes, no con el mío. Me cuesta saber quién fui yo esa noche”.

La foto es un instante de un encuentro que duró dos horas. La idea fue de Elio Kapszuk, director de Arte y Producción de la AMIA y curador de la muestra. “De la misma manera que queríamos contarle a los parisinos lo que había pasado hace 25 años en Buenos Aires, no podíamos ser ciegos de su propia conmemoración. Por eso quisimos hacer una acción conjunta. Siempre decimos es no solo trabajamos por la memoria y el reclamo de justicia del atentado a la AMIA, sino que trabajamos para combatir a aquellos detractores de la memoria y promotores del olvido y por el pedido de justicia de todos los casos impunes en el mundo”, expresó.

Elio le propuso la iniciativa a Daniel, quien al principio, tal vez por pudor, tuvo reparos con la idea. “Fue un encuentro conmovedor. La imagen del final es la conclusión de dos horas conservando sobre nuestras experiencias. Descubrí que hay ciertos códigos que tienen que ver con el horror que se repiten sin importar lugar ni nacionalidad. Nos contamos qué nos pasó durante y cómo después pudimos convivir con lo que nos sucedió. Fue un intercambio”, explicó. Destacó dos conceptos de la visita: la hermandad de personas que no se conocen y que convivieron con el horror y la vocación de seguir viviendo.

Desde el 14 de noviembre hasta mediados de diciembre, en la Galería Argentina, un anexo de la Embajada en París destinada a la promoción de las artes audiovisuales, la muestra fotográfica “Veinticinco” contará 25 retratos de estudio de personas atravesadas por el atentado a la AMIA -sobrevivientes y familiares de víctimas- y una historia extra, anclada en la coyuntura local. “El olvido no necesita ayuda, en cambio la memoria necesita trabajo. Es una decisión. Somos los que elegimos recordar”, apuntó Elio Kapszuk.

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