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19/11/2020

Búsqueda- por Eduardo Zalovich

Líbano: entre Hizbolá y su voluntad de ser nuevamente “la Suiza de Oriente”








“Hizbolá es la primera causa de nuestra tragedia”

(Saad Hariri, premier libanés).


Con un área de 10.400 km2 —similar a la superficie de Rocha—, Líbano es un país rico en historia y ejemplar en muchos sentidos. Independizado pacíficamente de Francia en 1943 —potencia con la cual mantiene un vínculo especial—, estableció un sistema político original, la democracia confesional. La Constitución establece que el presidente de la República debe ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán sunita y el presidente del Parlamento un musulmán chiita. Esta fórmula impide que cualquier grupo religioso quede afuera del gobierno nacional. Las principales religiones —los porcentajes han ido variando— son el islam en sus dos ramas (58%) y el cristianismo (40%). En las últimas décadas, debido a la mayor tasa de emigración de cristianos y la creciente natalidad musulmana, los musulmanes se han convertido en mayoría.

El Líbano es una nación montañosa, bañada por el Mediterráneo y fronteriza con Siria e Israel. Su símbolo es el cedro, cuyos bosques la cubrían en la Antigüedad y su madera se exportaba ya en tiempo de los fenicios. En la estrecha franja costera, con hermosas playas, se concentra el 90% de la población. La principal ciudad es Beirut, la capital, con un millón y medio de habitantes, seguida por Trípoli, un puerto marítimo al norte. Predomina la influencia arquitectónica árabe, con grandes mezquitas e iglesias maronitas y ortodoxas. El idioma utilizado es el árabe libanés, aunque se sigue estudiando francés como segunda lengua. Hasta los años 70, Beirut era un centro financiero regional, lo cual junto con su estabilidad política le valió al país ser llamado la “Suiza de Oriente”.

Una larga y dura caída

La guerra civil (1975-90) lo cambió todo. En 1970, la terrorista OLP de Arafat se instaló en el sur libanés, expulsada a sangre y fuego por el Rey Hussein de Jordania, a quien intentaba derrocar. Pronto comenzaron los ataques contra el norte israelí, y las obvias represalias. En 1975 comenzó la lucha entre las comunidades maronita y musulmana, al atacar fuerzas cristianas a las guerrillas palestinas de Arafat. En 1976, tras grandes matanzas, la Liga Árabe intervino con 30.000 soldados a petición del propio Parlamento, ocupando todo el país salvo el extremo sur. Luego dejaron a cargo a Siria, Estado que ambicionaba anexar el Líbano.

En 1982 Israel invadió el sur libanés para expulsar a la guerrilla palestina. Unos 11.000 miembros de la OLP partieron hacia Argelia. Se formó una milicia cristiana libanesa aliada del Estado hebreo, pero resultó militarmente ineficaz y cometió una matanza de musulmanes en los campamentos de Sabra y Chatila. En mayo de 2000, Israel retiró todas sus tropas del Líbano. El vacío de poder fue ocupado por el grupo islámico Hizbolá, satélite del régimen teocrático iraní.

Beirut no logró hacer cumplir la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que obligaba a desarmar a las milicias y controlar su frontera. A mediados de 2006, Líbano había recuperado un considerable grado de estabilidad y desarrollo, la reconstrucción estaba casi completa y el turismo aumentaba. Sin embargo, tras una incursión de Hizbolá en territorio israelí, que asesinó a cinco soldados, se produjo el bombardeo y destrucción por parte de la aviación hebrea de gran parte de la infraestructura del país. Los chiitas lanzaron cientos de misiles hacia ciudades israelíes, con apoyo sirio e iraní, dejando en claro la intromisión de ambos países en los asuntos internos libaneses. Sin embargo, la magnitud de la reacción israelí, donde murieron unos 500 terroristas, produjo un cese del fuego y la instalación de una fuerza multinacional del lado libanés para vigilar su cumplimiento. En un inusual minuto de sinceridad, el siempre amenazante Hassan Nasrala confesó a la prensa que “si hubiera imaginado la reacción no habría dado la orden de atacar”. Desde ese entonces solo se han producido incidentes aislados.

El gobierno de Jerusalén sostiene que la “línea azul”, frontera internacional aceptada por ambas naciones, implica que cualquier ataque de Hizbolá sea terrorismo injustificado, y que si el ejército nacional libanés controlara el sur podrían firmar de inmediato un acuerdo de paz. Ahora mismo, y dado el hallazgo de importantes yacimientos de gas en el Mediterráneo, ambos países están negociando su frontera marítima para dividir su extracción.

Saad Hariri, una esperanza?

En agosto pasado, una brutal explosión en el puerto de Beirut mató 200 personas e hirió a casi 7.000. El daño económico se evaluó en 8.000 millones de dólares. La tragedia aumentó la ira popular contra el gobierno y provocó su renuncia en pleno. Aunque Hizbolá trató de eludir la culpa, los técnicos sostuvieron que la explosión fue causada por municiones del grupo islámico. El líder de la comunidad cristiana del Líbano, patriarca maronita Boutros Al-Rahi, exigió investigar el peligro que provocan los arsenales situados entre civiles. Y apuntando a Nasrala afirmó: “Líbano perdió su independencia hace años, y es imperativo que la recupere… no podemos ser un puesto militar en los conflictos… nuestra identidad es una neutralidad positiva y constructiva, no un Líbano belicoso, sólo así recuperaremos el control de nuestro destino”.

El líder musulmán sunita Saad Hariri fue ahora designado primer ministro -por cuarta vez- y apunta a “devolver al Líbano su antiguo esplendor”. Según su visión “hay tres proyectos en el país: el de Nasrala, subordinado a Teherán; el de quienes se enriquecen con estado actual; y el mío, que tiene como principio Líbano primero”. En cuanto a la crisis económica afirmó: “Hizbolá es la causa de los problemas… si al partido chiita le importa el Líbano es necesario hacer sacrificios”.

Hariri se comprometió a formar un gobierno de técnicos para impulsar las reformas, pero deberá lidiar con Hassan Nasrala, que controla un estado dentro del estado. El conoce muy bien los riesgos de oponerse a Hizbolá, ya que asesinaron a su padre, Rafik Hariri, en 2005. Pero la posición política del grupo se ha debilitado. En las multitudinarias manifestaciones tras la explosión la gente quemó y colgó muñecos que representaban al propio Nasrala, y lo llamó “asesino y terrorista”. Washington ha impuesto a su vez sanciones para debilitarlo y quebrar su control sobre la política libanesa. Por su parte, el Presidente francés Emmanuel Macron -que viajó a Beirut- aclaró que “sólo podremos ayudar financieramente si se forma un gobierno que excluya a los responsables actuales y de garantías de eficacia”, afirmando que los grupos chiitas “no pueden seguir apostando a la guerra, priorizando el interés iraní y aterrorizando a sus compatriotas”.

Una reforma profunda es imprescindible y urgente. La deuda pública suma 100 mil millones de dólares, el desempleo alcanza el 40%, la mitad del pueblo vive en la pobreza y 300 mil personas han visto destruidas sus casas. Para el Líbano la única opción de resurgir es recuperar su independencia política, mediante un gobierno que controle todo el territorio nacional, enfoque su energía en reconstruir la nación y viva en paz con sus vecinos. El desafío es enorme, pero no existe otro camino.

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