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11/10/2017

El Periódico, España, Por Helena López

El cementerio judío de Montjuïc



Un músico de calle ameniza sin tregua con su ocarina a los no pocos turistas que disfrutan de las bellas vistas sobre el puerto, a la derecha, y la ciudad, a la izquierda. A su lado, una discreta estatua humana llama también la atención de los visitantes, aunque no tanto como las hileras de bolsos expuestos en el suelo por los vendedores ambulantes, al fondo, frente a la terraza del chiringuito. Bajos sus pies, escondida entre las mil formas del característico mosaico que cubre la plaza, entre la escultura de piedra en homenaje a la sardana y el mirador, una pequeña estrella de seis puntas es tal vez la única pista física, casi imperceptible, que recuerda lo que el lugar fue durante cinco siglos: el gran cementerio judío de la ciudad.

"Antes de la extrema violencia sufrida por ser acusados de la epidemia de la peste, a mitad del XIV, de los aproximadamente 30.000 habitantes de Barcelona, 4.000 eran judíos. Representaban el 12% de la población", señala Dominique Tomasov Blinder, arquitecta especialista en patrimonio judío, guía del recorrido por lo que fue el antiguo cementerio organizado este miércoles por la mañana por el Espai Avinyó.

De lápida a material de construcción

Sí lo recuerda el propio nombre de la montaña –Montjuïc, el monte de los judíos-, pese a que no todos los barceloneses conocen su origen. Los supervivientes de la persecución de 1391 o se marcharon o se convirtieron al catolicismo, con lo que la comunidad judía no se recuperó, y el cementerio pasó a manos reales. Empezó entonces el expolio de las lápidas, para despejar las tierras para poder darles otros usos. "Las lápidas, con inscripciones en hebreo, pueden reconocerse en alguna construcción de la época. Se las llevaron de la montaña y fueron reaprovechadas", indica la arquitecta.

Con la desaparición de las referencias visibles de la necrópolis desaparecía su huella física en superficie, pero los muertos seguían -siguen, muchos de ellos- estando allí, aunque poco a poco -han pasado cientos de años-, se ha ido olvidando.

Primer reconocimiento

Sí lo recuerda la comunidad judía de la ciudad, formada hoy por hoy por unas 5.000 personas, según señala Tomasov, una de ellas. De hecho, fueron dos miembros de esta comunidad -arquitectos-, los que lograron que se reconociera como Bien Cultural de Interés Nacional los terrenos del antiguo cementerio, lo que impidió que se levantara sobre ellos, frente a los jardines de Joan Brossa el restaurante y los jardines previstos a principios de este siglo, cuando se hicieron las obras de mejora de accesibilidad de la zona. En las excavaciones previas a esta obra encontraron restos de 500 sepulturas allí enterradas, que allí siguen.

Esa no fue la primera vez que encontraban sepulturas en la falda de Montjuïc. En los años 40 del siglo XX, durante la construcción del Tiro Olímpico, hallaron 171 tumbas, documentadas en un mapa. Sus restos fueron trasladaos a los almacenes municipales de la Zona Franca (sí, donde guardaban también la polémica estatua ecuestre de Franco de la exposición del Born).

No hay restaurante y el terreno está actualmente vallado -e indicado en el Google maps como Antiguo cementerio judío-, pero ninguna placa ni señalización explica el pasado de aquellas tierras. Asignatura pendiente en la recuperación de la memoria histórica de la ciudad.

Los orígenes de la comunidad

Las referencias más antigua sobre el cementerio judío en la ciudad -prosigue Tomasov la visita, enmarcada en la programación intercultural de otoño del Espai Avinyó-, son del siglo IX. Si había cementerio, pues, es que había comunidad. Vivían en la Magòria, en el actual distrito de Sants-Montjuïc -delante de la Campana, sí- hasta que en el siglo XI el rey decidió trasladar a la comunidad judía a la ciudad, intramurallas. Al Call, donde vivieron hasta el desmembramiento de la comunidad.

Tomasov explica que en el judaísmo hay pocas referencias al "más allá". Al contrario, se dedica principalmente a la vida, y la muerte forma parte del ciclo de la vida. Por eso, a los difuntos, se les deja piedras sobre las lápidas (en los cementerios en los que las hay, claro, no es el caso). En la comida también se refleja ese círculo vital. En los días posteriores al fallecimiento de un ser querido son tradicionales, aún hoy, los alimentos redondos: las lentejas, los garbanzos, los huevos duros sin sal...

"Cuando os vayáis, camino del funicular, recordad que estáis paseando en un cementerio", despide la arquitecta al entregado grupo que participa de la visita. Antes de partir, alguien deja unas piedras sobre el suelo.

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