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03/08/2017

Semanario Hebreo, por Yetty Blum

El Teatro Romano de Cesárea




El teatro romano de Cesárea, exitosamente rescatado al deterioro de los siglos, constituye hoy uno de los orgullos de Israel. Encargado por el Rey Herodes y enclavado sobre la costa sur de la urbe, en una apoteosis de luz, y con el lujo del Mediterráneo como telón de fondo, se constituyó en la primera instalación de esparcimiento construida durante el reino de este controversial monarca.

En un principio, el anfiteatro, edificado con sus localidades dispuestas en estructura circular abovedada, albergó 8.000 espectadores, pero en el transcurso del siglo I DC se incrementó su capacidad hasta 15.000 personas. Si bien se piensa que en un primer momento fue dedicado a carreras de caballos y carros, hay pruebas que durante el siglo II fue reconstruido y adaptado para los usos más habituales de un anfiteatro.

Excavaciones que datan de 1959-63 hallaron, a la entrada, inscripciones con las palabras “Tiberium” y “Pontius Pilatus” relativas al emperador Tiberio, al que con justificado orgullo Herodes dedica esta imponente obra, y a Poncio Pilato, el gobernador de Judea en el tiempo de Jesús. Esta constituye la única, y por lo tanto muy importante referencia arqueológica de la existencia de Pilato. La placa presentada es una réplica, ya que la original se expone en el “Museo de Israel” en Jerusalén.

Como si los ancestrales bloques de piedra guardaran en sus desgastadas superficies la memoria de la recitación de antiguos textos, la suave brisa marina parece susurrar ecos de arcaicas poesías. Sobre el escenario pavimentado de losas de mármol se deslizan tenues formas, fantasmas de aquellos actores, que en su entrega arrebatada por el arte, hicieron suyos los anhelos, los delirios, enigmas y pasiones de héroes legendarios.

Desde las gradas inundadas de luz, la vista se pierde y nos alimenta fantasías de multifacéticos pasados ante la seducción del panorama. El mar, jubiloso, se vanagloria de su belleza en una enloquecida exhibición de azules a cual más fosforescente. El sol, lo colma, generoso, con pródiga lluvia de refulgentes lentejuelas.

En el aire resuenan estrofas declamadas en tantos idiomas como imperios han posado su planta en este codiciado suelo. Sonidos de instrumentos antiguos y músicas envueltas en el ropaje de los siglos. Sucesivos conquistadores, sus armas, sus dioses y costumbres, sus ambiciones y sus afanes, desfilan vertiginosamente por nuestra memoria. Dominaciones sucesivas dejaron su impronta en esta tierra eterna y efímera, iluminada y magnífica, contradictoria y plena de desafíos.

Más allá de alternadas hegemonías, de sueños desmedidos, de luchas despiadadas, victorias y derrotas, este anfiteatro romano, se erige hoy en vehemente testimonio de la intensa, vibrante, realidad artística israelí.

Entre el cielo, la tierra, y el cantar del Mediterráneo, anida aquí, con este coloso, ese hallazgo ancestral, esa magia que solo el teatro puede convocar en los humanos. La huida, el escape, el dorado prodigio del espectáculo soñado, capaz de borrar, piadoso, la insaciable celeridad del devenir cotidiano, la corrosiva devastación de la rutina, e irradiar, vehemente, en nuestro presente, las mil fantasías que los humanos sembramos en nuestras vidas.

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