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28/01/2020

Cinco semanas en el infierno nazi






El País- por Tomer Urwicz

Cinco semanas en el infierno nazi, la historia de Valeria Wollstein en el campo de Auschwitz Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial unos 2.000 sobrevivientes judíos llegaron a Uruguay. Solo el 1% sigue con vida y Valeria Wollstein es de las que pasó por el infierno de Auschwitz. La muerte se huele. Para Valeria Wollstein tiene el hedor a los trenes de ganado, de esos que la llevaron desde Hungría hasta el campo de concentración y exterminio. Tiene el olor de la bosta de caballo. Lo recuerda porque en el vagón que le tocó viajar durante días decía: “Capacidad para ocho caballos”, pero viajaba un centenar de judíos cuyo destino -sin saberlo- era el trabajo forzado o las cámaras de Zyklon B. Su parada final era Auschwitz. Llegó al “Este”, ese eufemismo que los nazis usaban para referirse a Auschwitz, 203 días antes de que el Ejército Rojo cerrara el campo -un 27 de enero como el de ayer, pero hace 75 años. Cuando los soviéticos habían entrado a aquella maquinaria de exterminio, los alemanes ya habían abandonado el predio conduciendo a los internos en las “marchas de la muerte” y Wollstein ya estaba en Alemania a donde había sido deportada, gracias a su buen estado físico, para “trabajar” como capataz de calderas en una fábrica de municiones. Pero para eso falta. En Auschwitz, donde los nazis asesinaron a más de 1.100.000 personas -el 90% judíos- Wollstein pasó cinco semanas. Allí la muerte se le había presentado en un irónico cartel: “El trabajo libera”. Y luego en un número de prisionera, aunque ella y los suyos no habían cometido delito alguno para estar en “prisión”: 23973. “Varias veces jugué ese número a la quiniela”, bromea Wollstein a los 92 años, sentada en el sofá de su apartamento de Montevideo, junto a un cigarrillo encendido y con la entereza de quien sobrevivió lo peor para poder narrarlo. “El humor”, piensa, “es parte” de lo que la salvó. Y también que su número no lo lleva tatuado en la piel, como otros prisioneros, porque al llegar los judíos húngaros eran “tantos que la maquinaria (nazi) no daba a basto”. En ocho semanas, al menos 424.000 judíos húngaros fueron llevados a Auschwitz. La maquinaria consistía en exterminar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible. Había duchas, pero no de gas. El agua abría los poros para que, al entrar a la siguiente habitación en la que sí se desprendía el Zyklon B, el gas matara con mayor rapidez. En esa mente fabril, las personas no eran personas. Eran un número. “Nos llevaron al baño a afeitarnos y darnos otra ropa. Nos rasuraron todo el cuerpo, una cuestión sanitaria. Desde que llegamos a Auschwitz, no sé por qué, nunca menstruamos. Algo había en la comida seguramente; algo nos dieron”, recuerda Wollstein en su reciente autobiografía: De Beled a Montevideo. En la explanada en que los nazis separaban a los judíos en dos filas -a la izquierda los que iban a las cámaras de gas y a la derecha los que sobrevivirían, al menos por un tiempo más-, Wollstein dejó de ver a sus padres y a su hermano menor. Su hermana y ella sobrevivieron. De hecho fueron dos de las cerca de 2.000 personas que padecieron el holocausto judío y llegaron a Uruguay tras la Segunda Guerra Mundial. Valeria, en concreto, es una de las 20 que quedan vivas en el país y casi la única que pasó por Auschwitz. Como dicen los historiadores, estas cuentas son “aproximadas en base a quienes dieron testimonio o estuvieron institucionalizados”. Wollstein no había sido de las que más difundió su relato, hasta que sacó su libro. Su memoria está intacta, en parte por su lucidez actual y en parte porque cuando estuvo en el “infierno” ya había cumplido los 16 años. Recuerda que fue alojada en el block 5, una barraca al fondo de dos hileras, en donde no había ni camastros. Ni siquiera había baños: “los desperdicios iban a baldes. Al que le tocaba último tenía que ir a la fosa a tirar todo”. Desde aquel block 5 sintió la muerte, otra vez. Era “un olor a carne quemada y gritos horrendos”. En una noche “quemaron a todos los gitanos”. La alimentación en Auschwitz era un pan negro, duro, al parecer combinado con tierra. “Solo un día mientras estuve en Auschwitz nos dieron comida comestible, un tacho de sopa gordita y un pedazo de pan; lógicamente que a propósito, para ver cómo reaccionábamos. Ocurrió el día de Tishá ve Av (día en que los judíos ortodoxos ayunan)”. En las cinco semanas que estuvo en Auschwitz 2 (más conocido como Birkenau, a tres kilómetros de donde Josef Mengele hacía sus maquiavélicos experimentos), Wollstein adelgazó. No tanto como para parecerse a un esqueleto e ir a las cámaras de gas. Junto a otras mil prisioneras fue seleccionada para el trabajo forzado. Disimuló, como pudo, la infección de oídos que la aquejaba y así pudo ser parte del tren que las condujo a la fábrica de municiones en Allendorf. Lo que siguió fue más horror hasta que, en marzo de 1945, los soldados nazis fueron escapando de los americanos y ella quedó liberada en el bosque. Sus tíos, que habían escapado antes de la guerra, la trajeron a Uruguay. Y aquí está, con su historia y la duda: “¿Por qué a mí?”. Traje Tras sobrevivir, Ide Taube viajó a Uruguay casi sin nada. En su maleta dejó espacio para el traje a rayas de Auschwitz, con el triángulo rojo hacia abajo y la línea amarrilla de “prisionero judía”, que se conserva en el Museo de la Shoá. Cuchara En Auschwitz Álex Sofer dejó de ser Álex Sofer y pasó a ser un número. Una cuchara, con cuchilla detrás y que pudo esconder, fue lo único que le devolvió algo de dignidad. La conservó y trajo hasta Montevideo. Jabón Cuando Henia Aronson Ofenheim llegó a Auschwitz, le fueron arrebatadas sus hijas. Los nazis le dijeron que se “iban a bañar”. Por eso cuando ella encontró un jabón lo guardó como recuerdo.

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