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21/05/2020

Arte contra el horror






El Cultural, España- por Saioa Camarzana

Arte contra el horror: dibujando en los campos nazis

Javier Molins publica 'Artistas en los campos nazis', un libro en el que reúne 77 historias de creadores que dibujaron para reivindicar "la humanidad de la que habían sido despojados"

“No estaba nada tranquilo, porque, entre mis cosas, había unos dibujos pornográficos que me habían encargado los policías alemanes de Belfort y no había tenido tiempo de librarme de ellos”. Así es como Montserrat Roig recoge en Els catalans als camps nazis el relato de José Cabrero Arnal, un joven que publicó algunas de sus viñetas en la revista TBO, para la que creó al perro Top. Con el estallido de la Guerra Civil se alistó con los republicanos y cuando acabó el conflicto se exilió en Francia pero en 1940 los alemanes le hicieron prisionero y en enero de 1941 fue deportado a Mauthausen. Allí, lo destinaron a trabajar en el almacén donde se clasificaba la ropa y durante un registro le encontraron algunas de esas creaciones. Se temía lo peor y, sin embargo, el jefe de las SS del barracón le pidió que pintara para él. Esto llevó a Cabrero Arnal a gozar de mejores condiciones pues le concedieron un habitáculo en el que podía materializar las fantasías de su nuevo jefe. “A menudo venía a visitarme para admirar mis dibujos y sugerirme variaciones sobre el mismo tema”, relató.

“Los dibujos le salvaron la vida”, cuenta Javier Molins, autor de Artistas en los campos nazis (Nagrela editores), un libro que reúne 77 historias de creadores que pudieron plasmar el horror que vivieron en los campos de concentración y exterminio. Una vez fue liberado Cabrero Arnal volvió a Francia donde vivió como un vagabundo hasta que en 1948 tuvo la oportunidad de publicar una tira cómica titulada Pif le chien en el diario L’Humanite. Pero no todos los prisioneros corrieron la misma suerte.

El origen de este testimonio que recoge Javier Molins se encuentra en su tesis doctoral. Estudió en la London Guildhall University con una beca, donde, en la asignatura de Sociology of Art constató que “el arte podía ser utilizado como una forma de seducción a favor de una ideología determinada”. Le interesó tanto que tiró del hilo y se topó con la obra de autores como Leni Riefenstahl o Josef Thorak, caracterizada por la exaltación de cuerpos esbeltos y musculosos, y entendió “de qué manera el régimen nazi se sirvió de ellas para reafirmar el nuevo mundo que quería crear”. Pero también descubrió otro tipo de obra poblada por “cuerpos raquíticos que plasman el horror”.

Entre todos los artistas que pudo encontrar seleccionó 77. “Había muchos más pero hay historias muy trágicas como redadas tras las que enviaron a muchas personas a las cámaras de gas”, recuerda Molins. Entre todos estos relatos encontramos historias como la de Amelie Seckbach, artista cuyas obras se habían expuesto junto a las de Chagall, Bonnard, Vlaminck o Signac y en diversas ciudades como Madrid, Florencia y París. Sin embargo, el destino, cruel en ocasiones, tenía un revés preparado para ella y en 1942, con 72 años, fue enviada al campo de Terezin. Allí, sostiene Molins, “se refugió en retratos y paisajes surrealistas”.

Otro de los relatos que conviven en esa edición es el de Felix Nussbaum, un judío de origen alemán que estudió Pintura e Historia en Hamburgo y Berlín. Una de sus pinturas se alzó con el Premio de la Academia Prusiana de Arte en 1931, lo que le permitió trasladarse a Roma durante dos años. Cuando en 1933 Hitler se hizo con el poder permaneció ese mismo año en Italia y después se trasladó a Bélgica. En 1937 se casó con la también artista Felka Platek pero tras la ocupación alemana del país, Nussbaum fue detenido por la Gestapo y deportado a Saint-Cyprien en 1940. Consiguió escapar tan solo unos meses más tarde pero antes tuvo la oportunidad realizar algunos paisajes que podía ver desde su buhardilla o Autorretrato con pase judío, dibujo que sirvió de portada para la novela Sefarad de Antonio Muñoz Molina. A pesar de mantenerse oculto los alemanes volvieron a capturarlo en 1943 y junto a su mujer fue enviado a Auschwitz, campo en el que se cree que ambos murieron.

Arte por encargo vs arte clandestino

Cuando Molins fue al Museo de Auschwitz, donde estuvo tres días buceando en su archivo, observó que allí distinguen dos categorías: el arte legal y el ilegal. Sin embargo, él ha dado un paso más y ese segundo grupo lo ha dividido en dos categorías: el arte realizado por encargo y el hecho como denuncia o escapismo. “Cuando descubrían que alguien sabía pintar podían pasar dos cosas. O bien se les eliminaba o existía la posibilidad de que los guardias les pidieran retratos para su familia o paisajes de su tierra natal para decorar sus casas para los que les proporcionaban lienzos”, comenta Molins. En el caso del arte clandestino, donde plasmaban la crudeza de la vida allí y de ser descubiertos “podían ser ejecutados”, está realizado en materiales pobres, en papeles de oficina que podían encontrar a hurtadillas. Algunas de estas piezas conseguían salir de las paredes de los campos, otras se encontraron allí al liberarse los campos. Sin embargo, la valentía con la que registraron su sufrimiento fue “una manera de reivindicar la humanidad de la que habían sido despojados”.

En este campo, en el que murió más de un millón de personas, estuvo Zofia Stepien-Bator, arrestada en 1942 y trasladada allí en 1943 donde enfermó de tifus y neumonía. Durante su estancia en la enfermería observó que otros prisioneros retrataban a sus compañeros, lo que la empujó a hacer lo mismo con sus compañeras. “Dibujaba retratos de prisioneras en los que las mostraba con una luz favorable, intentaba hacer todo más agradable. Lo hacía porque todo era tan feo, gris y sucio que yo quería mostrar algo bonito en los dibujos”, explicó ella misma. De sus pinceles, por tanto, salieron retratos idealizados de las internas. “Todas estaban rapadas al cero y muy delgadas, sin embargo, en sus dibujos las retrataba con maquillaje y con la cara más rellena para subirles el ánimo”, supone Molins.

Cuando los Consejos de ancianos tenían noticia de las virtudes de algunos de los presos les pedían que pintaran con la intención de poder “tener un testimonio”. De hecho, recuerda Molins, algunos de esos dibujos “se usaron como material de prueba en los juicios de Núremberg, Eichmann y en otros más pequeños contra guardias y comandantes”.

No obstante, los artistas en los campos de concentración y exterminio no solo se dedicaron a dejar un testimonio visual de las horripilantes escenas que tuvieron que vivir y sentir. En el campo alemán de Sachsenhausen llevaron a cabo una gran operación de falsificación de moneda en la que trabajaron 140 reclusos que tenían experiencia como impresores, coloristas, calígrafos y dibujantes. “Ellos vivieron en mejores condiciones, no tenían contacto con los demás y producían para que los agentes infiltrados pudieran pagar con libras. Tuvieron tanto éxito que falsificaron al menos 400.000 libras. Los nazis querían dinero para financiar su régimen y sus actividades pero también para colapsar la economía británica. La falsificación estaba tan bien hecha que el banco británico tuvo que cambiar el diseño de sus billetes”, recuerda Javier Molins.

El régimen nazi ante el arte

En enero de 1933 Hitler llegó al poder y en marzo de ese mismo año creó la Cámara de Cultura del Reich con Goebbels al frente. Una fecha clave fue 1937, cuando se inauguraron dos exposiciones diametralmente opuestas: Gran exposición de arte alemán y Arte degenerado. La primera fue preparada e inaugurada por el propio Hitler con estas palabras: “Millones de ciudadanos estaban convencidos de que la cháchara artística de los últimos años, que parecía la obra chapucera de un niño sin talento de ocho o nueve años, no podía considerarse la expresión de nuestra edad, y aún menos, del futuro de Alemania”.

Por supuesto, se refería a la otra exposición, Arte degenerado, un intento “de ridiculización del arte contemporáneo alemán”, escribe Molins. Allí, en una muestra montada de manera abarrotada, se reunieron obras de artistas como Otto Dix, Kandinsky, Paul Klee, Max Beckmann o Marc Chagall. “Desde ahora, os lo aseguro, atraparemos y eliminaremos a todos estos grupos de charlatanes, diletantes e impostores que se ayudan mutuamente y por eso aún sobreviven. Dejad que estos cavernícolas prehistóricos y artistas de segunda fila vuelvan arrastrándose a las cuevas de sus ancestros y las llenen con sus garabatos internacionales”, aseguró el dictador en la inauguración de Gran exposición de arte alemán.

Ante esta situación los artistas tenían tres opciones: quedarse en Alemania y cultivar el estilo que el régimen imponía, trabajar un estilo que ofendía con la repercusión que esto podía tener, o huir. “Los creadores más conocidos e internacionales optaron por el exilio”, afirma Molins. Muchos de ellos se decantaron por Estados Unidos “en una operación muy bien orquestada”, en la que el periodista Varian Fry jugó un papel clave. “Un grupo de ciudadanos estadounidenses creó el Emergency Rescue Committee, al frente del cual estuvo Fry. Su función era propiciar la llegada a Estados Unidos de un grupo de intelectuales perseguidos por los nazis”, podemos leer en Artistas en los campos nazis. Este comité trabajó con una lista previa de doscientos nombres. Esa cifra acabó superando los 2.000.

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