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18/05/2017

La Razón, España- Maica Rivera

Ana Frank, la casa de atrás: “No quiero haber vivido para nada”





“Quiero seguir viviendo, aun después de muerta”. ¿Podré escribir algo grande algún día?...

Diario de Ana Frank.


El diario de Ana Frank, cuya autenticidad ha sido tantas veces sometida a estudio, delata intereses no entendidos...Sea como fuere, y aunque su padre sea coautor del mismo, no existe duda de que Ana escribió un diario –con pluma, no con bolígrafo– y de que con él dio voz a lo que jamás debe de mantenerse oculto, la barbarie indescriptible e incomprensible que acabó con la vida de entre cincuenta o sesenta millones de personas en el mundo –porcentaje muy significativo de la población del planeta en la época.

La casa de atrás se ha convertido en santuario de todos los que a través del diario la han conocido.

Una vez las palabras del diario has leído, surge la necesidad de una disculpa hacia Ana y hacia el mundo por pertenecer a la especie que fue capaz de tal genocidio...Cada frase es un suplicio, una angustia en la que no importa quien la ha escrito...¿Cómo pudimos permitirlo?...Y, mientras lees, un pensamiento empieza a abrirse camino y se transforma en anhelo cuando, en la última página, imaginas a una niña sola, sin sus escritos, en un campo de exterminio... Sentimiento de que debes de acudir a rendirle tributo, visitar su casa y, en ella, sentir que de alguna manera, Ana, por un segundo, escucha lo que ahoga tus sentidos:” lo siento Ana...lo siento mucho”.

Temo que la sensatez se acabe

Ana Frank murió de tifus en el campo de concentración de Bergen-Belsen en marzo de 1945. Su muerte fue una más de las más de treinta mil registradas tan solo en los meses previos a la liberación del campo de “finalización” –llamado así por los alemanes–. Dejar morir por inanición es también atentado no permitido...

...Tifus, fiebre tifoidea, disentería, neumonía..., no se podía distinguir qué cuerpos aún no habían abandonado la vida, excepto por alguna convulsión o un último temblor ...Decenas de miles, apilados, indescriptible...; esqueletos humanos que no se sabía ya a qué mundo pertenecían ...y, entre ellos, una niña que sin escribir se asfixiaría sin tan siquiera fuerza para un quejido...

No habría mayor calvario para ella que no poder expresar a través del papel –“que es más paciente que el ser humano”– su miedo a ser alguien a quien se olvidaría “como la mayoría de personas”. Su necesidad de seguir viva aun después de muerta...Murió, no consiguió sobrevivir al Holocausto, pero su diario, y con él una parte de ella, siempre vivirá, pues sus palabras escritas ya no hay posibilidad de olvidar. Ana y “la casa de atrás” se han convertido en testigos insobornables de la mayor atrocidad conocida en la historia de la humanidad.

“Temo que mi sensatez se acabe y no quede nada después de la guerra.”

Ana llega a Holanda con tan solo cuatro años. Por judía alemana, su familia decidió huir del país pensando que los Países Bajos no se verían comprometidos en la guerra. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 las tropas de Hitler invaden el país. Cinco días más tarde, Holanda se rinde y es ocupada por los alemanes.

“los judíos deben de llevar una estrella de David; deben entregar sus bicicletas; no les está permitido viajar en tranvía ni en coche..; solo pueden hacer la compra desde las tres hasta las cinco de la tarde, no pueden salir a la calle desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada...Ya no me atrevo a hacer nada, tengo miedo a que esté prohibido.”

Fracasando el intento de huir a los Estados Unidos, la familia decide esconderse en “la casa de atrás” del edificio donde está situada la fábrica y oficinas de Otto Frank, padre de Ana. Allí, junto con la familia Van Daan, permanecieron recluidos desde junio de 1942 hasta agosto de 1944, fecha en la que fueron detenidos y deportados. En ese refugio Ana escribió su estremecedor relato.

“Quienes no escriben no saben lo bonito que es escribir...si no llego a tener talento para escribir en los periódicos o para escribir libros, pues bien, siempre me queda la opción de escribir para mí misma...Cuando escribo se me pasa todo...”

Leer sus palabras es conocer su alma

Y a través de la escritura, ella vive... La visita a su casa es obligada desde que lees la intensidad de los más de dos años en los que Ana permaneció aislada de una guerra que finalmente fue a buscarla...No quiero imaginar el temblor de una niña al ser deportada.

Una larga fila de espera para visitar la casa–convertida en museo desde 1960–...Mientras aguardo en la entrada, un pensamiento: la “espera” era la vida de Ana. Unas campanas suenan marcando las horas. Son las mismas que ella oía ...Recuerdan que el tiempo en espera es a veces enemigo de la paciencia. Provienen de la Westertoren, la torre de la iglesia Westerkerk... ...la fila avanza y ya no sé, a pesar del sonido que avisa, ni cuántas horas pasan...Ni un segundo olvido que Ana escuchaba el tañido de estas mismas campanas.

Ana Frank, la casa de atrás: ♫No quiero haber vivido para nada»

Consigo entrar en la primera sala donde una proyección narra mientras decenas de turistas, ávidos de sentir, en vez de escuchar, hablan...Entre las personas me siento una extraña...El suelo irregular de adoquines de lo que fue almacén de la fábrica delata la humedad de una casa tan cerca del canal situada ..El gran almacén -utilizado para depósito de mercancías- está dividido en distintos cuartos donde molían canela, clavo y el sucedáneo de la pimienta...

Subo al primer piso, donde los despachos y oficina principal quedan en segundo lugar, pues mi atención se fija en las enormes ventanas que a la calle dan...La vista del canal y de edificios; cielo y agua ...Recuerdo de Ana mirando alguna noche lejana o domingo de los que bajaba a la amplia cocina con dos calentadores de agua. Aquí, Margot y ella chapoteaban en una tina cuando la soledad de la fábrica permitía que volvieran a la despreocupación de la infancia...

Algo en el ambiente recuerda el miedo de estas dos hermanas...Ser vistas o escuchadas...Quizás sea el sonido de pisadas...

“...también está prohibido hacer ruido porque abajo no nos deben oír”.

Un pequeño rellano y dos puertas...La de la izquierda comunica con la casa de delante; la de la derecha, oculta tras una estantería giratoria para que nadie sospeche la casa de atrás.

...Mi siguiente paso hace crujir la madera que ya me advierte no dejará de sonar mientras recorro las estancias...El diario de Ana en mi mochila hace que ande silenciosa y cabizbaja..Recuerdo que “es imperativo hablar en voz baja...” A punto estoy de mostrar al que me precede esa página...

Subo una escalera empinada. A la izquierda, un pasillo y una habitación con las ventanas tapiadas, el cuarto de Edith y Otto Frank...Al otro lado una habitación más pequeña...Aquí dormía Ana...Suenan en ese momento unas campanas. Son las mismas que oí hace horas, pero no reconozco el tañido... Aquí parece triste aviso de que el tiempo pasa... Sus notas tienen registros distintos, o es el sonido, que en esta casa de ventadas tapiadas cambia...

Escribió y creció Ana en esta casa sin que la guerra pudiera detener su cuerpo ni su alma. Mediciones en el papel de la pared indican con líneas cómo su altura avanzaba...Continuo, pues mi respiración empieza a ser no controlada... La escasa luz, el denso aire, el crujido de tantas pisadas...

A la derecha, un cuarto sin ventanas con un lavabo y un retrete cerrado...Pienso en las ocho personas –no son condiciones humanas– y enseguida recuerdo sus palabras: “Soy una afortunada...campos de concentración en los que la vida es una carga”. Me avergüenzo y empiezo a pedir las disculpas que llevo años deseando pronunciar...

En la segunda planta, una amplia habitación con un fogón y un fregadero fue cocina a la vez que dormitorio de los Van Daan, cuarto de estar general, comedor y estudio de Margot y Ana... Parece que ella está describiéndome la casa, e incluso creo oír las riñas que la comida y convivencia provocaban... Ana confiesa que todos los días tomaba valeriana contra la depresión. También habla del miedo que la angustiaba...Tuvo que ser en esta estancia.

La atmósfera está cargada...Entiendo la tristeza de sus ojos en todas las fotografías de la casa, su sonrisa aquí no engaña...Luego, una diminuta habitación de paso que fue morada de Peter van Daan y en la que unas escaleras conducen al desván donde ambos soñaban...

El desván...Me asomo y vislumbro el ventanuco a través del cual Ana contemplaba un castaño que en su ciclo le recordaba que el tiempo pasa...Dos floraciones de mayo fueron por ella admiradas....¡Cómo sería ver sus flores y no poder tocarlas!

Siempre en hilera, llego a otra sala donde una proyección habla de lo último que se supo de Ana...Una amiga y vecina relata..., pero yo ya no oigo nada y, a paso ligero, abandono la casa. En su diario, Ana ya ha dicho todo lo que importaba. No cuestiono si ella escribió su totalidad de su diario o si su padre incluyó algo que ella callara...

Lo que es indiscutible es que existe esta casa, y que en ella, una parte de Ana continua viva. Emana de las paredes y de la madera ya centenaria, recordando que la escritura es poderosa arma...

No olvidar a Ana

“...Lloré con la cabeza apoyada en los brazos y las rodillas levantadas, a ras del suelo, toda encorvada...Empecé a balbucear unas palabras: “¡Debo hacerlo! ¡Debo hacerlo!..Debo seguir para no ser una ignorante, para progresar, para ser periodista, porque eso es lo que quiero ser...Y si no llego a tener talento, escribiré para mí misma”. Ana Frank.

Mi petición de perdón no es solo por el sufrimiento, desolación y miedo que Ana sintió, pues, si así fuera, debería de extenderla a todos los genocidios del mundo: el de Ruanda, el de Malasia, el de Serbia, Armenia, la Revolución Cultural de Mao –mató a setenta millones de chinos. Tendría que pedir perdón por lo que está ocurriendo en Corea, en el Congo, en Siria, en el Mediterráneo...Ojalá pudiera visitar esos países y escribir una súplica que detuviera la violencia de la raza humana.

Me dirijo a Ana por la culpa que siento de haber olvidado durante años sus palabras.

“Me consta que sé escribir...aún está por ver si tengo talento”... En mi infancia, mientras leía, le prometía que lo intentaría... Durante más de treinta años olvidé a Ana...

Un abrazo

Maica Rivera
Scott Hefti

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