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17/01/2018

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Aharon Aharon: “En Israel, hoy, las madres quieren que sus hijos trabajen en la industria high-tech”






El CEO de la Autoridad de Innovación de Israel asegura que el éxito económico de su país se explica por el cambio cultural que vivió la sociedad y la fuerte apuesta al área de investigación y desarrollo.

Hace medio siglo Israel era un pequeño país productor de naranjas y flores. Sus famosos kibutz (granjas colectivas) eran un símbolo de su tenacidad por sobrevivir y desarrollarse en medio del desierto. Hoy es reconocido como un centro de innovación global, exportador neto de tecnología, que cuenta con más patentes registradas y start ups creadas por habitante que ningún otro país. En 1984, su ingreso per cápita era de 7000 dólares; gracias a su visión high-tech hoy asciende a 37.000 dólares, el triple que el de Argentina.

El domingo pasado, durante el PuntaTech Meetup, el encuentro de tecnología que cada enero reúne en Punta del Este, a emprendedores, inversores y funcionarios de tecnología de Uruguay, la Argentina y otros países, LA NACION conversó con Aharon Aharon, fundador de Apple Israel y actual CEO de la Autoridad de Innovación del gobierno israelí. Antes de viajar a Buenos Aires para reunirse con el ministro Francisco Cabrera con el objetivo de dar impulso a un convenio de cooperación entre los dos países, Aharon contó cuáles son las claves que permitieron que Israel tenga el presupuesto más alto del planeta en investigación y desarrollo: 4,6% del PBI. Lo más significativo es que 4,3 puntos los aportan los privados y el Estado solo invierte el 0,3%.

-Llama la atención que la Autoridad de Innovación de Israel esté vinculada al Ministerio de Economía y no al de Ciencia y Tecnología.
-Esta agencia fue establecida hace 45 años. Siempre fue independiente, pero antes funcionaba dentro del Ministerio de Economía e Industria y actualmente es una agencia autónoma. Nunca fue parte ni del Ministerio de Educación que se ocupa de la educación y la investigación académica, ni del Ministerio de Ciencia que se ocupa de la investigación científica básica. Desde el inicio se concibió como una oficina que debía tener impacto económico sobre la industria. Desde los años 1970 se buscó tener un impacto positivo en la economía apostando a las inversiones en investigación y desarrollo (I+D) en ciencia y tecnología aplicadas.

-Una visión desafiante.
-Una visión única en su momento. Ningún otro gobierno estaba invirtiendo en I+D en el sector privado. El primer paso consistió en construir los programas y la cultura de cooperación público-privada. La idea inicial fue apostar a que la inversión en I+D en el sector privado generaría valor para toda la economía. Nuestros análisis demostraron que la creación de valor ha sido altísima: por cada dólar invertido por el gobierno, se generaron entre 5 y 8 dólares de valor económico. No hablamos de royalties, sino de valor económico para el país.

Hace 30 años, mucha gente viajaba a Israel atraída por la vida en los kibutz, las granjas colectivas. Ahora todo el mundo va a conocer sus start ups de tecnología. ¿Cómo ocurrió este cambio?
-Es algo increíble. En los inicios (de la creación del Estado de Israel) éramos famosos por los kibutz y las naranjas de Jaffa. Luego por nuestros sofisticados sistemas de tecnología de irrigación. La visión del gobierno en ese momento fue decir “no tenemos muchos recursos naturales, tenemos que apostar a la tecnología”. Y quien comenzó con esto dijo “tenemos que crear políticas de asociación público-privadas”. Su visión fue otorgar préstamos “condicionales”. ¿Qué significa esto? Si una compañía recibe un préstamo, devolverá el préstamo solo si tiene éxito y con un interés muy bajo, casi simbólico. Si no tiene éxito, no devuelve el dinero. La segunda condición es que si la compañía es exitosa, el gobierno no exigirá participación accionaria a cambio del dinero prestado. Para un emprendedor esto es muy atractivo. La tercera condición es que el gobierno solo otorga el préstamo, si el emprendedor consigue fondos privados equivalentes, matching funds. Si una compañía recibe el 50% de la inversión que necesita para I+D del gobierno, debe conseguir el otro 50% del sector privado. Si es una firma que recién comienza, podríamos llegar a invertir el 85% del costo de I+D, y el privado solo un 15%. Pero siempre tiene que haber un aporte de fondos privados. Desde el inicio obligamos al emprendedor a buscar dinero privado.

-¿No ha habido sospechas o problemas de que el gobierno financie a sus amigos o partidarios políticos y no a proyectos económicamente rentables?
-Todo el mundo puede postularse, de todos los sectores, de todo tamaño y tipo de empresa, del sector de plásticos, agricultura o high tech. Todos. La única condición es que necesiten fondos para I+D, no para otra cosa. Por otra parte contamos con 200 evaluadores, expertos en sus áreas. Ellos visitan las compañías, controlan y hacen un informe. Luego, el jefe de cada área hace un segundo análisis. Y por último, la palabra final la tiene el comité de investigación que está compuesto por dos miembros del Ministerio de Economía y de Finanzas; dos miembros de la Autoridad de Innovación; y tres expertos del sector privado de gran prestigio que actúan como observadores públicos independientes. Son personas maduras de gran trayectoria en la industria y en las inversiones de capital de riesgo. Hay poco margen para que las cosas salgan mal.

-Viniendo del sector privado, ¿cuál cree que es el rol del sector público en el desarrollo de una economía basada en la innovación?
-El rol es muy significativo, pero no se trata de intervenir en la industria. Por eso nosotros no definimos en qué áreas se debería invertir. Todo el mundo puede acudir a nosotros, de todos los sectores. Un rol importante es actuar cuando hay un falla de mercado.

-¿Qué clase de falla de mercado?
-Por ejemplo, hoy se sabe que en Estados Unidos los inversores de riesgo invierten básicamente en compañías cuando están en etapas intermedias o tardías de desarrollo. No en la fase inicial. En Israel sucede lo mismo. Es una falla del mercado, porque si no se invierte en la etapa inicial, las empresas no podrán madurar. Aquí el gobierno tiene que intervenir para superar esa falla.

-¿Qué están haciendo en este aspecto?
-Podemos invertir de 25.000 o 50.000 dólares en un emprendedor que está sentado en su garaje, solo, con una idea. El dinero no es para él, sino para pagar los consultores que pueden analizar si la idea es factible. Podemos invertir en el costo de poner en marcha una compañía directamente o a través de una incubadora. Los acompañamos hasta que puedan acceder a financiamiento privado. El gobierno ha asignado 150 millones para esta etapa.

-Cuando decidieron convertirse en una nación tecnológica, ¿tenían los científicos y el capital humano para hacerlo?
-Sí. Las universidades israelíes como la Universidad Hebrea o el Instituto Israelí de Tecnología (ITT por sus siglas en inglés) se crearon en los años 1910, mucho antes de que se creara Israel en 1948. La ciencia básica siempre fue parte de nuestra cultura. Albert Einstein cooperó con la Universidad Hebrea y hasta se le ofreció conducirla.

-¿Contaron con la experiencia y cooperación de los científicos judíos en todo el mundo?
-Absolutamente.

-¿Se podría decir que la innovación tecnológica es una causa nacional en Israel como es el fútbol en la Argentina?
-Sí. Hace veinte años, si le preguntaban a una madre israelí qué aspiraba para sus hijos e hijas, el 65% decía que quería que fueran médicos o abogados. En la última encuesta que hicimos el 65% de las madres respondió que querían que sus hijos e hijas trabajaran en la industria de high-tech. Ha habido un cambio cultural impresionante.

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