Noticias

17/07/2019

Por Esc. José Luis Piczenik, para CCIU

AMIA, una asignatura pendiente tras 25 años sin justicia








AMIA, una asignatura pendiente tras 25 años sin justicia

La Asociación Mutual Israelita de Argentina (Amia) fue fundada en el año 1894 bajo el nombre de Jevra Kedusha, por familias que desembarcaron en el país, provenientes de Europa Oriental, gracias a la obra colonizadora de la Jewish Colonization Asociation (JCA) financiada por el Barón Maurice de Hirsch.

Su ubicación en el barrio de Balvanera es un símbolo de una zona de la ciudad que durante muchas décadas albergo inmigrantes judíos llegados a la gran metrópoli, que fue testigo de sus avances en las distintas facetas laborales y profesionales.

En aquellas manzanas urbanas colmadas de signos judíos, millares de inmigrantes iniciaron y emprendieron sus vidas en la nueva tierra formando familias de tradición judía y acumulando recuerdos imborrables de esos años.

Poco a poco la zona fue transformándose en una vasta zona comercial. El desarrollo de sus construcciones y avenidas, los numerosos centros religiosos, sociales y de estudio, sus reconocidos comercios y sus maravillosas exquisiteces gastronómicas generaron un reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional de “barrio judío” de la ciudad. Esta situación ha hecho que Balvanera-Once sea conocida como parte indisoluble de la colectividad judía argentina.

Similares situaciones suceden en Williamsburg de Brooklyn, Bom Retiro en San Pablo o Le Marais en Paris.

La Amia nuclea distintas y variadas actividades que exceden en muchos casos el marco comunitario. La práctica y mantenimiento de las costumbres y el respeto de los valores religiosos ocupan gran parte de su funcionamiento, pero decenas de actividades culturales, sociales, deportivas y recreativas son parte del día a día en la mutual.

Cientos de funcionarios y voluntarios colaboran solidariamente con los más desposeídos y necesitados. La fraternidad y ayuda son dos de los principios que animan a los integrantes de la institución y consiguen los sueños más anhelados.

Niños, jóvenes, mujeres, ancianos recurren allí y encuentran un marco de pertenencia y afecto que les permite seguir adelante con fe y esperanza en sus propias historias. El dar, el ofrecer, el escuchar, el aconsejar no figuran en ningún documento estatutario pero son el “leitmotiv” de la creación de la misma. En su base están los dos objetos centrales de toda comunidad judía, la construcción de un templo religioso y la adquisición de un predio que oficie como camposanto de las viejas tradiciones mosaicas pero más allá del objetivo escrito está el afecto, la consideración al prójimo, la lucha por la mantención de los valores éticos que enseña el libro sagrado que son el pan de cada día en la institución.

Nada de estos valores impidió que en una mañana, la del 18 de Julio de 1994 la insania mental, la agresión indiscriminada, la locura del mal destruyera totalmente la institución y cobrara la vida de 85 personas, más de 300 heridos y afectaran a decenas de viviendas con daños materiales. Calles enteras quedaron destrozadas, la onda expansiva del coche bomba que impacto sobre la construcción de la Amia destruyo todo lo que encontró en un radio de 500 metros a la redonda.

Tras el impacto, el horror, las preguntas y el clamor de justicia. La justicia es un sentimiento innato al ser humano y lo conduce a actuar frente a todo dolor provocado.

Desde el nacimiento de ese dolor hasta hoy se han sucedido en la República Argentina distintos gobiernos, ministerios, oficinas, secretarias y juicios pero nada ni nadie ha logrado satisfacer esa necesidad de justicia. Esa necesidad de ajusticiar a los culpables y de generar en todo el país un sentimiento de paz interior que se logra cuando los responsables son detenidos y cumplen su condena.

Páginas, folios, declaraciones, carpetas, testigos, participes, todos estos términos se incrementaron con el pasaje de los días, de los años, de las décadas, en los expedientes que acumulan cientos de miles de fojas en busca de la aclaración de los hechos. Y aunque la justicia no se expida ni resuelva, el transcurrir del tiempo ha logrado definir en la conciencia colectiva quienes son los verdaderos responsables de la tragedia. Irán, Hizbolla y la conexión local surgen como autores y ejecutores de la barbarie.

85 vidas cortadas, 85 seres que no pudieron completar sus sueños, 85 víctimas del irracionalismo humano del siglo XX, 85 seres cuyo final fue decidida por un puñado de seres enfermos, bestias que no merecen llamarse seres humanos.

Ya pasaron 25 años y en todos permanece el dolor de lo sucedido, nada ni nadie podrá permitirnos revivir las vidas de los fallecidos, nada ni nadie podrá culminar las historias y las aspiraciones que cada uno de ellos mantenía en su propia conciencia, pero la justicia es sanadora y todo lo que la humanidad logre en pro de la misma elevara la memoria de los que se fueron antes en este camino de la vida.

Por eso hacer justicia es sanar, es poner los hechos en sus justos términos, es reconocer que la vida es lo más valioso de todos los valores que nos acompañan, es dar a familiares y seres queridos de las victimas parte de lo que los fallecidos quisieron ser y se les impidió. Es reconocer a la institución el fin noble que tiene desde sus orígenes.

Hacer justicia, nunca olvidar, siempre recordar constituye hoy la trilogía conceptual de todo el mundo civilizado que rechaza el odio, la prepotencia, el terror y la muerte.

Nadie podrá sentirse en paz y la memoria de los fallecidos no descansara mientras los responsables no paguen sus culpas. La tarea del recuerdo y el honor a las víctimas es permanente pero nuestro deber de conocer la verdad debe seguir tan firme como el generado apenas conocimos la infausta noticia.

Una sociedad que no resuelve sus culpas no es digna como tal. Por eso ubicar a los responsables y juzgarlos con todo el rigor de la Ley es una asignatura pendiente por la que todos debemos pelear.

Secciones