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11/02/2019

Revista Panenka- por Arnau Segura

Árpád Weisz, de la gloria al infierno de Auschwitz






“Lo que está hecho no se puede deshacer. Pero se puede prevenir que vuelva a ocurrir”, Anne Frank.

Una de las más grandes barbaries de la historia de la humanidad estuvo a punto de borrar su nombre, el de uno de los miles de héroes anónimos que perecieron bajo el infierno del nazismo, del imaginario colectivo, pero el periodista Matteo Marani lo rescató del olvido en 2007 con Del Scudetto a Auschwitz; una obra que, consciente de que, como pregonaba el escritor portugués José Saramago, “hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”, recorre la vida de Árpád Weisz (16.04.1896), la del que fue uno de los mejores técnicos de los años 30.

Nacido en el seno de una familia judía en Solt, en el imperio austrohúngaro, Weisz ni siquiera había cumplido los 18 años cuando debutó con el primer equipo del Törekvés, donde coincidiría con Béla Guttmann. Su carrera futbolística no fue extraordinaria, pero llegó a jugar seis partidos amistosos con la selección húngara, que por aquel entonces era una de las más temibles de todo el continente. Después de un paso fugaz por el Barcelona y el Girona, Árpád recaló en el Inter de Milán, pero una grave lesión en la rodilla le obligó a retirarse en 1926.

Apenas había podido disputar una decena de partidos como ‘nerazzurro’, pero su relación con el conjunto milanés no acabaría ahí. Y es que, después de vivir una breve experiencia como ayudante de Augusto Rangone, que había ejercido como seleccionador nacional entre 1922 y 1924, en el banquillo del Alessandria; Árpád aceptó el encargo de ser el primer entrenador del Inter. Pero Weisz no fue uno más en la interminable lista de técnicos de la escuela danubiana que aterrizaron en el campeonato transalpino en la década de los años 20. Dotado de un carácter tan misterioso como magnético, modernizó una profesión que hasta la fecha estaba restringida a hombres mucho mayores que él, que siempre fue un avanzado a su tiempo, que derribó las infranqueables barreras existentes entre los futbolistas y sus entrenadores. En una época en la que los técnicos dirigían los entrenamientos desde el centro del campo, vestidos con traje y corbata; Weisz optó por ponerse un chándal y mezclarse con sus jugadores para inculcarles sus rompedoras ideas, las mismas que plasmó en Il giuoco del calcio, un libro que publicó en 1930 junto al periodista Aldo Molinari y al entrenador que condujo al combinado italiano hasta sus dos primeros títulos de la Copa del Mundo, un Vittorio Pozzo que, maravillado por el estilo de su coetáneo, firmó el prólogo de la obra. Weisz optó, en definitiva, por ser uno más en el vestuario. “La autoridad del entrenador no deriva de la coerción, sino de la consideración y del respeto que le tengan sus futbolistas”, proclamaba el técnico húngaro, un visionario, un incansable estudioso del fútbol, que empezó a darle importancia a las dietas, al aspecto psicológico y al estado del césped. Después de viajar por Argentina y Uruguay con la intención de empaparse de la pasión con la que se vive el balompié en Sudamérica, Weisz revolucionó el calcio al introducir el sistema WM con el que Herbert Chapman estaba empezando a forjar su leyenda en Londres y al descubrir el potencial del que probablemente continúe siendo el mejor futbolista italiano de la historia, Giuseppe Meazza.

“Weisz no le quitaba ojo, conquistado por su enorme calidad. Suya fue la idea de hacerle ganar peso a base de filetes. Sabía que estaba ante un talento jamás visto. El entrenador húngaro no estaba dispuesto a que se le escapara. Meazza, más amigo del regate que de sudar, lo pasó mal hasta el punto de que un día le dijo a su técnico que se volvía a la fábrica de cinturones en la que había trabajado. Weisz le puso a golpear la pelota contra un muro solo con la pierna izquierda, la mala, al acabar cada entrenamiento. ‘¿Pero por qué tengo que entrenarme yo más que los demás?’, se quejó Peppino. ‘Porque vales más que los demás’, respondió Weisz”, relata Miguel Ángel Lara en Marca, en un artículo en el que glosa la figura de un entrenador que, amparándose en la calidad de un Giuseppe Meazza que, a sus 19 primaveras, ganó el Cappocannoniere al anotar 31 dianas en 34 encuentros, hizo historia en el curso 29-30, cuando, con apenas 34 años, se convirtió en el entrenador más joven en conquistar la Serie A; un récord que casi nueve décadas después continúa plenamente vigente.

Después de conducir a la Ambrosiana, el nombre con el que Benito Mussolini renombró al cuadro ‘nerazzurro’ porque Internazionale era una palabra incómoda para el régimen fascista en demasiados sentidos, hasta un discreto quinto puesto en la 30-31, Weisz dejó atrás el Nuovo Stadio Calcistico San Siro y recaló en el Bari, al que salvó del descenso a la Serie B en el último suspiro. Regresó a Milán para dirigir al Inter, pero, a pesar de conducirlo hasta la segunda posición en dos temporadas, nada fue lo mismo que en su anterior etapa como ‘nerazzurro’, así que en 1934 se despidió del que siempre fue el equipo de sus amores y aceptó la oferta del Novara, de la categoría de plata del balompié transalpino. Las últimas líneas de su exitoso currículum en los banquillos las escribiría en el precioso Stadio Littoriale, en Bolonia. Justo cuando la barbarie nazi empezaba a cernirse sobre el pueblo judío, Weisz, contratado por los ‘rossoblu’ con la intención de romper la hegemonía de la Juventus, acabó de consagrarse como uno de los mejores entrenadores del mundo al alzar dos Serie A de forma consecutiva.

Pero, sin duda, la victoria que más brilla en la carrera futbolística del técnico de Solt es la que consiguió el 6 de junio de 1937, cuando el Bolonia se impuso al Chelsea por un incontestable 4-1 en la final del Tournoi International de l’Expo Universelle de Paris, disputada en el Stade Olympique du Colombes. “Este equipo hará temblar el mundo”, avisaba la prensa italiana de la época en un intento de dibujar la proeza que el Bolonia, después de eliminar al Sochaux y al Slavia de Praga, había materializado al doblegar el aura romántica e invulnerable que en aquella época rodeaba a los conjuntos británicos. Tan solo 36 días después, el 12 de julio, Pablo Picasso conmovía el mundo al presentar su Guernica en la misma Exposición Universal.

Todo el dolor que el pintor malagueño dibujó en la que es una de sus grandes obras maestras empezó a sufrirlo la familia Weisz, que el 10 de enero de 1939 se vio forzada a abandonar Italia por las leyes raciales promulgadas por el Partido Nazionale Fascista de Mussolini, que, además de prohibir los matrimonios entre judíos e italianos, revocaban la ciudadanía a todos aquellos judíos que se hubieran asentado en el país a partir del 1 de enero del 1919. La impagable contribución de Weisz al crecimiento del calcio no les libró de la crueldad de Il Duce, un hombre que, como demostró en el Mundial de 1934, era plenamente consciente del ingente potencial que tiene el fútbol para exaltar a las masas. Sabiéndose perseguidos, Árpád, su mujer, Elena, y sus dos hijos, Roberto y Clara, decidieron buscar refugio en París, desconociendo que la capital francesa era una ciudad terriblemente hostil para los judíos.

El siguiente destino en el desesperado intento de los Weisz de escapar del horror fueron los Países Bajos, un país en el que Árpád incluso pudo volver a entrenar gracias al presidente del Dordrecht, un club humilde que en la actualidad compite en la Eerste Divisie, en la categoría de plata del balompié holandés. El técnico húngaro se convirtió en un héroe local al salvar al equipo del descenso a segunda división en la primera temporada y al conducirlo hasta una meritoria quinta posición en la segunda, pero el futuro de los Weisz volvió a ensombrecerse cuando las tropas alemanas ocuparon Holanda, el 17 de mayo de 1940. Un año después, en septiembre de 1941, las autoridades nazis prohibieron que los judíos pudieran acceder a los colegios, a los bares, a las tiendas, al transporte público y a cualquier espectáculo, una situación que volvió a obligar a Árpád a renunciar a una de sus grandes pasiones, el fútbol. O, al menos, a renunciar a ejercer como entrenador; porque, en Del Scudetto a Auschwitz, Matteo Marani revela que “supervivientes que le conocieren narran como Weisz, ya con un abrigo viejo, raído y señalado con la estrella que identificaba a los judíos, se escondía para poder ver los entrenamientos de los que habían sido sus jugadores, los que le llamaban Sir Fantastische por sus lecciones sobre el campo”, como enfatiza Miguel Ángel Lara en Marca.

El dramático final de los Weisz empezó a escribirse en la fría mañana del 2 de agosto de 1942, cuando la Gestapo irrumpió en el número 10 de la calle Bethlehemplein, de Dordrecht, para detenerles y enviarles directamente al campo de concentración de Westerbrok, el mismo que dos años después vería pasar a Anne Frank. El 2 de octubre de 1942, los cuatro miembros de la familia fueron obligados a subir a un tren blindado con destino Auschwitz-Birkenau. Pero justo antes de llegar al campo de exterminio que sería el escenario de la muerte de más de un millón de personas, los soldados nazis bajaron a Weisz del tren y le enviaron a hacer trabajos forzados en la Alta Silesia polaca. Jamás volvería a ver a Elena, Roberto y Clara, que el 5 de octubre fallecieron en las cámaras de gas de Auschwitz. Weisz resistió 16 meses en aquel triste infierno, hasta que en la mañana del 31 de enero de 1944 fue hallado sin vida.

Ni siquiera le concedieron el alivio de morir junto a su familia. Lograron borrarle de la historia. Pero, tras décadas de olvido, su figura por fin recibió el reconocimiento que merecía. “Me gustaría seguir viviendo incluso después de mi muerte”, reconocía Anne Frank en el emotivo diario que nos legó, una obra maestra que debería obligarnos a ser siempre conscientes de la magnitud de aquel infierno, a no ceder ni un milímetro ante los que banalizan aquella barbarie. “Para no olvidarlo nunca y por un futuro más brillante. Weisz revolucionó el fútbol con sus ideas. Hoy su recuerdo puede ayudar a hacerlo de nuevo”, proclama un texto desde la página web del Inter. Ansiando lo contrario, la sucia bota del nazismo acabó por convertir a Árpád Weisz en eterno, en un mito. Nuestra es la responsabilidad de que continúe siéndolo.

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